Ni orgullo, ni alma, ni vergüenza

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El Real Zaragoza ya no solo pierde partidos. Lo verdaderamente insoportable es que ha dejado de transmitir cualquier rastro de grandeza, de rebeldía, de dignidad competitiva. La derrota en Valladolid no fue una más. Fue otra confirmación de que este equipo está dejando morir al club sin oponer la resistencia mínima que exige el escudo que viste.

Podemos hablar de errores tácticos, de una plantilla mal confeccionada, de una propiedad ausente, de una dirección deportiva catastrófica y de una gestión institucional que ha empujado al zaragocismo al borde del colapso. Todo eso es cierto. Todo eso explica el incendio. Pero hay algo que ya no admite excusas: la falta de alma de muchos futbolistas.

Porque una cosa es no tener nivel y otra muy distinta es no tener sangre. Una cosa es ser limitado y otra, insoportable, es pasearse por el campo mientras el club se despeña hacia Primera RFEF. El Zaragoza cayó 2-0 en Valladolid y lo hizo como viene cayendo desde hace semanas: tarde en todo, blando en las áreas, sin fe, sin malicia, sin carácter y sin la más mínima sensación de que sus jugadores entienden la tragedia que tienen delante.

Lo peor no es que el equipo sea malo. Lo peor es que da la impresión de que muchos ya han desconectado. Que ya están más pendientes de su próximo contrato que del desastre que van a dejar aquí. Y eso, en un club como el Real Zaragoza, debería perseguirles siempre. Porque cuando esta plantilla se marche, porque casi todos se irán, los que se quedarán serán los de siempre: la afición, la ciudad y la ruina deportiva.

Por eso duele todavía más recordar lo que ocurrió con Néstor Pérez. Viajó a Valladolid sabiendo que su padre estaba viviendo sus últimas horas. Se sentó en el banquillo con ese peso encima, con esa angustia imposible de medir, y aun así cumplió con su obligación. Estuvo con el equipo. Dio la cara. Acompañó al grupo en un momento límite. Y la respuesta que encontró fue un equipo sin colmillo, sin impulso y sin la capacidad moral de hacer algo extraordinario por alguien que estaba atravesando una situación humana devastadora.

Ese detalle lo retrata todo. Porque aquí ya no hablamos solo de fútbol. Hablamos de compromiso humano. De sensibilidad. De compañerismo. De orgullo profesional. Y este Zaragoza ha demostrado que también ahí se ha vaciado.

Luego están los episodios grotescos que terminan de explicar el hundimiento. Soberón entra en el minuto 78 y se autoexpulsa en el 82. Pomares, que no jugaba desde hace meses y estaba apercibido, sale al campo y ve la quinta amarilla a los dos minutos. Cuesta no pensar mal. Cuesta no preguntarse si hay jugadores que directamente se están borrando. Cuesta no concluir que algunos han elegido desaparecer antes que asumir responsabilidades.

Y mientras todo eso ocurre, el club sigue siendo una fábrica de humo. Se quema el primer equipo, se quema el filial, se hunde el juvenil, se multiplican los incendios, y los únicos que parecen salir indemnes son los responsables de las oficinas. Esa es la gran constante de estos años: aquí se tritura a entrenadores, futbolistas, canteranos y empleados, pero jamás pagan los que diseñaron el desastre.

El descenso, si termina llegando, no será un accidente. Será la consecuencia natural de una decadencia sostenida. Décimo tercero, décimo quinto, descenso evitado por milagros, descenso evitado otra vez por deméritos ajenos y ahora penúltimo. La caída llevaba años anunciándose. Lo anormal no es bajar ahora. Lo raro fue no haber bajado antes.

Lo más amargo es que ni siquiera se está cayendo con honor. Este equipo no está siendo derrotado por rivales muy superiores. Se está derrotando a sí mismo. Se está dejando ir. Y eso, para un club que un día levantó una Recopa y que hizo de Europa una costumbre, resulta obsceno.

Quedan jornadas, sí. Quedan cuentas, sí. Queda matemática, sí. Pero a estas alturas ya no basta con hablar de milagros. Primero habría que volver a ver un equipo dispuesto a merecerlos.