Que se vayan todos los que no quieran estar

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Hay algo todavía más grave que perder partidos, encadenar lesiones o vivir pendientes de partes médicos diarios: descubrir que dentro del vestuario hay futbolistas que ya están pensando más en su siguiente destino que en el escudo que todavía representan. Y eso, en el Real Zaragoza actual, duele incluso más que la clasificación.

La noticia de la posible salida de jugadores como Seidú o Ale Gómez no debería generar preocupación. Al contrario: casi invita a respirar. Porque en este momento del Zaragoza no se puede construir absolutamente nada con futbolistas que no estén dispuestos a ir hasta el final. Da igual la edad, da igual la proyección, da igual el supuesto cartel que arrastren o el representante que les venda como una promesa de futuro. Aquí, antes que nada, hace falta compromiso. Y eso no se negocia.

Resulta hasta ofensivo que algunos chavales que hace apenas unos meses estaban en el filial o incluso sin un papel protagonista se permitan ahora mirar por encima del hombro a un club como el Real Zaragoza. Un club herido, sí. Un club mal gestionado, también. Un club en caída libre, sin duda. Pero sigue siendo el Real Zaragoza. Sigue siendo una entidad que los ha puesto en el escaparate, que les ha dado minutos, foco y nombre. Pretender salir de aquí como si se les debiera algo, cuando no han demostrado prácticamente nada en el fútbol profesional, retrata mucho más al jugador que al club.

Seidú y Ale Gómez simbolizan bastante bien uno de los males de esta temporada: la inflación del ego antes que la consolidación del rendimiento. Han tenido ratos, fogonazos, detalles. Pero ni han sostenido al equipo, ni han marcado diferencias de verdad, ni han demostrado una madurez competitiva acorde al momento. Seidú ha mezclado físico y energía con demasiadas decisiones irresponsables. Ale Gómez ha enseñado condiciones, pero también una inconsistencia enorme. Los dos están lejísimos de haber justificado cualquier gesto de superioridad o cualquier deseo de escapar como si el Zaragoza se les hubiera quedado pequeño. No. Aquí, si algo ha quedado demostrado, es que todavía les queda enorme.

Por eso no escandaliza pensar que lo mejor es que salgan, siempre que salga también con ellos la mentalidad equivocada. Este verano no puede consistir solo en rehacer una plantilla. Tiene que consistir en limpiar un vestuario. Separar al que quiere competir del que quiere sobrevivir. Al que entiende lo que significa este club del que solo ve una estación de paso. Al que acepta sufrir por el Zaragoza del que lo usa para cotizarse.

Ya no valen medias tintas ni excusas. El descenso, o el borde del descenso, no ha llegado únicamente por falta de calidad. Ha llegado también por falta de carácter, de respeto competitivo y de amor propio. Y cuando un club toca fondo, lo primero que debe exigir no es talento. Es voluntad.

Si alguien no quiere estar, carretera. Si alguien cree que merece más de lo que ha dado, puerta. Y si alguien piensa que el Zaragoza está para servirle a él, es que no ha entendido absolutamente nada. Este club solo podrá levantarse cuando vuelva a llenarse de jugadores que, antes de pedir, estén dispuestos a demostrar. Cuando vestir esta camiseta vuelva a ser un privilegio y no una molestia temporal.

El Zaragoza necesita menos promesas y más convicción. Menos futbolistas de escaparate y más tipos con hambre. Menos ruido de representantes y más silencio de trabajo. Todo lo que no vaya en esa dirección, estorba.