En medio del desastre, de los partes médicos en cadena, de los jugadores que se borran, de los que quieren salir y de los que parecen llevar meses de vacaciones emocionales, hay una figura que deja al descubierto a casi todos los demás. Se llama Rober. Y su caso debería estudiarse dentro del vestuario del Real Zaragoza como una lección de profesionalidad.
Porque hay futbolistas que pueden no acertar, pueden fallar, pueden no tener el nivel suficiente o incluso atravesar malos momentos. Todo eso entra dentro del fútbol. Lo que no entra es la desidia. Lo que no entra es esconderse. Lo que no entra es poner el cuerpo en modo ahorro mientras el club se desangra. Y ahí es donde la comparación con Rober se vuelve demoledora.
Ha jugado con dolor. Ha forzado para estar. Ha dado la cara cuando otros desaparecían. Ha asumido responsabilidad dentro del campo. Ha intentado tirar del equipo incluso en días en los que parecía predicar en el desierto. Y además lo ha hecho siendo un jugador cedido, sin raíces previas aquí, sin la obligación sentimental que sí tenían otros y sin necesidad de sobreactuar zaragocismo para quedar bien con nadie. Simplemente ha actuado como lo que se supone que debe ser un futbolista profesional.
Eso es lo que agranda su figura y empequeñece la de muchos compañeros. Mientras unos acumulan molestias sospechosamente oportunas, otros se autoexpulsan nada más salir, otros parecen más pendientes de su próximo contrato que del siguiente partido, Rober ha entendido lo esencial: cuando te pones esta camiseta, no puedes elegir cuándo implicarte. O estás o no estás. Y él ha estado.
Por eso duele especialmente todo lo que ha tenido que vivir fuera del campo. Pintadas en su casa, presión sobre su familia, un ambiente irrespirable para alguien que, precisamente, sí estaba dando lo poco salvable que quedaba. Ahí el zaragocismo también tiene que ser justo. Se puede protestar, se debe protestar, pero no se puede meter a todos en el mismo saco. Porque sería profundamente injusto tratar igual al que se ha dejado la piel que al que se ha escondido detrás del grupo.
Rober ha dejado algo muy valioso en estos meses: un ejemplo. Ha demostrado que sí se podía competir en mitad del caos. Que sí se podía mantener la dignidad en un equipo roto. Que sí se podía fallar y, aun así, merecer respeto. Y eso, en una temporada como esta, casi le convierte en una rara avis.
Seguramente su futuro esté lejos de Zaragoza. Lo normal es que tenga mercado, y además se lo ha ganado. Ojalá le llegue un buen contrato y un proyecto serio, porque ha hecho méritos para ello. Egoístamente, cualquiera querría verlo seguir aquí. Realistamente, parece difícil. Pero aunque se marche, su paso por este equipo debería dejar un mensaje claro a quienes vengan después.
El Zaragoza de mañana no puede construirse solo con nombres. Tiene que construirse con conductas. Y si alguien en la dirección deportiva quiere saber qué tipo de futbolista debe buscar este verano, basta con revisar el comportamiento de Rober desde que llegó. No hace falta que todos sean brillantes. Hace falta que todos sean fiables. No hace falta que todos decidan partidos. Hace falta que nadie se borre. No hace falta que todos sientan el escudo desde niños. Hace falta que lo respeten desde el primer día.
En un vestuario repleto de decepciones, Rober ha sido casi una excepción moral. Y eso, dicho del Real Zaragoza de esta temporada, es uno de los elogios más grandes que se le pueden hacer.






