Una de las imágenes más claras que deja el actual Real Zaragoza es la de un club sin voz institucional real. O peor aún: la de un club que deja que hablen siempre los mismos, casi siempre los equivocados o, directamente, los que no deberían estar expuestos a según qué asuntos.
Ahora mismo, el gran rostro visible del Zaragoza vuelve a ser Lalo Arantegui. Y eso, que por un lado tranquiliza porque es una figura reconocible, con criterio futbolístico y con ascendencia en el zaragocismo, también encierra un problema muy serio: Lalo está siendo utilizado otra vez como escudo, como portavoz total, como apagafuegos y como cara visible de un club que sigue sin tener una estructura institucional clara.
No puede ser.
No puede ser que en un momento tan delicado como este, con el equipo recién descendido, con el accionariado envuelto en incógnitas, con la afición enfadada, con la plantilla en plena demolición y con la reconstrucción apenas iniciada, todo pase por Lalo. No puede ser que una dirección deportiva tenga que cargar además con la representación pública, con los mensajes emocionales, con la defensa del proyecto y con la responsabilidad de explicar un club entero.
Eso desgasta. Eso quema. Eso termina debilitando incluso a quien mejor puede reconstruir la parcela deportiva.
Ya lo hemos visto demasiadas veces. Le pasó a entrenadores, a capitanes, a gente que acabó sobreexpuesta sin tener ni la competencia ni la responsabilidad de responder por decisiones que se tomaban bastante por encima de ellos. Pasó con Víctor, pasó con Gabi, pasó con David Navarro, pasó con Francho y ahora vuelve a pasar con Lalo. En el Zaragoza, cuando nadie da la cara, se acaba empujando a los que sí tienen cierto crédito a ocupar un lugar que no les corresponde.
Y eso es profundamente injusto.
Porque una cosa es que Lalo lidere la reconstrucción deportiva y otra muy distinta que se convierta en la única voz con algo de credibilidad dentro del club. Eso no habla bien de Lalo, que también. Habla muy mal del resto. Habla muy mal de una propiedad que sigue escondida. Habla muy mal de una estructura que no ha sabido dotarse de un portavoz institucional solvente. Habla muy mal de un club que sigue funcionando como una suma de silencios, comunicados escritos y presencias fantasmales.
La comunicación no es un detalle menor. Es una parte esencial de cualquier proyecto serio. Y en el Zaragoza se ha despreciado durante años. O peor: se ha gestionado con una torpeza crónica. Aquí casi nunca habla quien debe. Y cuando lo hace, suele hacerlo tarde, mal o mediante formatos que parecen pensados para no exponerse a una sola pregunta real.
Por eso preocupa tanto que todo vuelva a recaer sobre Lalo. Porque si sale bien, el mérito será suyo. Pero si sale mal, el desgaste también caerá sobre él. Y eso, en un club medio normal, no debería ocurrir.
El Zaragoza necesita un director general de verdad. Necesita una figura institucional con autoridad, capacidad, presencia y cintura. Necesita alguien que represente al club más allá del césped y del mercado. Necesita que la propiedad deje de esconderse detrás de otros. Necesita, en definitiva, comportarse como una institución seria y no como una estructura donde siempre termina dando la cara el que menos debería hacerlo.
Lalo puede reconstruir una plantilla. Lo que no puede hacer es reconstruir él solo todo el Real Zaragoza.
Y si el club vuelve a dejarle solo en eso, cometerá el mismo error de siempre.



