El Real Zaragoza se enfrenta este verano a una de esas situaciones en las que parece que hay mucho movimiento, mucho nombre, mucho ruido y, sin embargo, todo sigue dependiendo de una sola cosa: acertar. No hay más. Después del descenso, el club está obligado a desmontar casi por completo la plantilla, incorporar una veintena de futbolistas, redefinir roles, recomponer la autoridad del vestuario y construir un equipo nuevo desde prácticamente la nada. Y todo eso en un contexto en el que la afición ya no cree en casi nada y en el que el margen de error vuelve a ser mínimo.
La limpieza era inevitable. De hecho, seguramente llega tarde. Este Zaragoza llevaba años acumulando jugadores intrascendentes, contratos mal medidos, falsas esperanzas y una peligrosa tendencia a mantener piezas que ya habían demostrado no servir para cambiar nada. El error no fue cambiar mucho cada verano. El error fue cambiar poco y mal. O peor aún: creer que cambiando el decorado bastaba, mientras seguían dentro muchos de los mismos males.
Ahora, con la caída a Primera RFEF, el club se ve obligado a hacer lo que quizá debió haber hecho antes: arrancar el árbol entero y plantar otro. Duele decirlo, pero es así. Se pueden salvar dos, tres o cuatro futbolistas como mucho, pero la realidad es que el proyecto anterior estaba tan contaminado que no admitía remiendos. En ese sentido, la poda de Lalo Arantegui no solo era necesaria: era la única salida.
Otra cuestión es si el Zaragoza va a acertar con los nuevos nombres. Ahí empieza de verdad el examen. Porque una cosa es limpiar y otra muy distinta reconstruir. Y aquí entran las salidas todavía pendientes, algunas de ellas lógicas. Si hay jugadores que no quieren estar, que creen que su carrera va por otro lado o que no van a tener la cabeza en Zaragoza, la solución es sencilla: puerta. No estamos para experimentos psicológicos, ni para futbolistas distraídos, ni para potenciales eternos que luego no se traducen en rendimiento.
El caso de algunos jóvenes es revelador. Se les presume calidad, se les intuye futuro, se les adivina un techo alto. Muy bien. Pero el fútbol profesional no se paga por promesas abstractas. Se paga por efectividad, por compromiso y por capacidad competitiva. Un jugador puede tener técnica, zancada, físico o cartel internacional, pero si luego no se traduce en hechos, todo eso se queda en humo. Y el Zaragoza, precisamente ahora, no está para humo.
Por eso también entiendo el debate con Ander Herrera. Deportivamente, en frío, cuesta discutir su calidad, su liderazgo, su jerarquía y su impacto emocional. El problema no es ese. El problema es el contexto. El problema es que su posible llegada concentra tantas expectativas, tantos simbolismos y tanto relato, que puede acabar condicionando demasiado pronto la percepción sobre este nuevo proyecto. Si sale bien, será una bendición. Si sale mal, el golpe será enorme y salpicará directamente a Lalo y a Ibai Gómez.
Aun así, lo más importante ni siquiera es Ander. Lo más importante es que el Zaragoza consiga, por fin, una cosa que lleva mucho tiempo sin tener: una única dirección. Que remen todos a la vez. Que el director deportivo, el entrenador, los jugadores y la estructura del club transmitan la misma idea. Que no vuelva a haber un vestuario desconectado, una cantera usada solo como parche de urgencia y un grupo humano sin hambre.
Porque esa es la palabra que más se repite y, curiosamente, la que más falta ha hecho en estos años: hambre. Hambre de competir, hambre de crecer, hambre de sufrir por algo, hambre de devolver al club al sitio del que nunca debió salir. Y si algo ha demostrado esta plantilla que se va es precisamente la ausencia de ese colmillo.
La cantera, además, no puede seguir siendo el comodín de emergencia. Tiene que volver a ser un pilar, sí, pero no uno improvisado. El Zaragoza ha perdido talento en la ciudad deportiva durante años y ahora pretende volver a construir desde ahí. Me parece bien. Es necesario. Pero también conviene no engañarse: ese trabajo no va a dar rendimiento inmediato. Puede ayudar, puede sostener, puede aportar algunas piezas, pero no va a resolver por sí solo el desastre heredado.
Este verano, por tanto, no va de hacer un equipo simpático. Va de hacer un equipo duro, competitivo, reconocible y serio. Un equipo que no necesite cuatro jornadas para entender dónde está. Un equipo sin turistas, sin prejubilados y sin gente que piense que esta categoría se supera con el escudo y poco más. Porque en Primera RFEF no regalan nada. Y si el Zaragoza no lo entiende desde el primer día, volverá a sufrir.
El mercado aún no ha abierto oficialmente y ya arde. Pero en realidad todo se resume en algo muy simple: menos relato y más acierto. Menos nombres por nostalgia y más futbolistas con hambre. Menos potencial teórico y más rendimiento real.
Porque al Zaragoza ya no le queda otra. Y porque, después de todo lo que ha pasado, esta vez no basta con intentarlo: esta vez hay que hacerlo bien.



