La última vez que el Real Zaragoza pisó el tercer escalón del fútbol español fue en la temporada 1948-49, cuando aún competía en Tercera División, la categoría que entonces ocupaba ese lugar en la pirámide. Después de dos cursos completos en ese pozo, el club logró regresar a Segunda para la campaña 1949-50 y, desde entonces, enlazó 77 años dentro del fútbol profesional hasta la caída consumada ahora a Primera RFEF.
A partir de aquel regreso empezó, en realidad, la construcción del Zaragoza moderno. El club acabó asentándose en la élite, inauguró la etapa de La Romareda y fue levantando una historia gigantesca: el doblete de Copa y Copa de Ferias en 1963-64, otra Copa en 1966, los años brillantes de los Zaraguayos en los 70, la Copa del Rey de 1986, la Recopa de 1995 en París, las Copas de 2001 y 2004 y la Supercopa. Son hitos que colocaron al Real Zaragoza entre los clubes con más peso histórico del fútbol español.
Por eso el golpe actual es mucho más que un descenso. No se trata solo de bajar una categoría, sino de romper una continuidad histórica que parecía formar parte de la identidad del club. El equipo que durante décadas fue campeón, europeo, respetado y temido, llevaba ya 13 temporadas consecutivas en Segunda antes de este desplome definitivo fuera del fútbol profesional. La caída no es un accidente de una tarde; es la última estación de un deterioro largo, visible y cada vez más difícil de esconder.
Y eso es lo más desolador de todo. El Zaragoza no ha pasado de la gloria al infierno de golpe, sino deshaciéndose poco a poco, año tras año, hasta normalizar lo que nunca debió parecer normal. De París, Nayim y la Recopa a trece años arrastrándose en Segunda para terminar cayendo fuera del fútbol profesional. Ese es el verdadero drama: no solo haber descendido, sino haber ido perdiendo tanto por el camino que casi se veía venir. Y cuando un club así convierte la decadencia en costumbre, el miedo ya no es solo bajar. El miedo es dejar de reconocerse.






