Hay noticias que, en teoría, deberían servir para cerrar etapas. Un cese, una despedida pública, un comunicado del club, una carta de adiós. Todo eso, en un club normal, marca un punto y aparte. En el Real Zaragoza, en cambio, sirve para confirmar justo lo contrario: que aquí nada termina de verdad, que todo queda a medio hacer y que la sensación de provisionalidad es ya una forma de gobierno.
Porque lo verdaderamente inquietante no es solo que Fernando López anunciara su salida. Lo verdaderamente inquietante es que, después de anunciarse esa salida, siguiera apareciendo en las oficinas, atendiendo asuntos y ejerciendo, en la práctica, como si nada hubiera pasado. Y eso no es una anécdota. Eso es un retrato. Un retrato exacto de lo que hoy es el Real Zaragoza: un club donde los comunicados dicen una cosa, la realidad enseña otra y el aficionado ya no sabe ni qué debe creer.
Ese es el gran drama. No hablamos solo de malos resultados, de decisiones deportivas equivocadas o de una propiedad alejada. Hablamos de algo más profundo: la pérdida absoluta de credibilidad. Cuando un club comunica una salida y el que se va sigue ahí, el mensaje que recibe la gente es demoledor. Que no hay una hoja de ruta clara. Que no hay mando firme. Que ni siquiera en algo tan básico como una despedida son capaces de trasladar certeza.
Y mientras tanto, el zaragocismo vuelve a agarrarse a Lalo Arantegui como si su mera presencia pudiera curarlo todo. No porque Lalo no genere esperanza, que la genera, sino porque el club parece haber encontrado en su figura un parapeto perfecto. La gente habla de fichajes, de cantera, de reconstrucción, de ADN, de futuro. Y está bien hacerlo. El problema llega cuando ese nuevo relato sirve también para tapar que, por arriba, todo sigue oliendo a lo mismo. Mismo desorden, mismas sombras, misma sensación de que las decisiones importantes se toman lejos, tarde y mal.
Se dirá que las cosas cambian despacio. Que hay procesos internos. Que hay contratos por cerrar. Que todo necesita tiempo. Pero el Real Zaragoza lleva años instalado en esa coartada. Siempre hay un “todavía no”, un “ya se verá”, un “en breve”, un “cuando toque”. Y entre tanto, el club se ha despeñado fuera del fútbol profesional. Ya no hay margen para vender normalidad administrativa. Ya no cuela lo de la transición tranquila. Este club necesitaba un golpe de autoridad, una limpieza real, una escenificación de cambio contundente. No otro episodio de confusión.
También resulta significativa la batalla de relatos que rodea a la dirección general, a Mariano Aguilar, a Forcén, a Gil Marín, a Jorge Mas y a la supuesta redistribución del poder. Cada día aparece una versión distinta. Que si uno manda más. Que si otro ya no pinta nada. Que si el Atlético se aparta. Que si Forcén gana peso. Que si se busca presidente con arraigo. Que si se tanteó a un exjugador. Todo eso no transmite movimiento; transmite desorden. No transmite reconstrucción; transmite improvisación.
Y en medio de todo eso está la afición, agotada. No enfadada: agotada. Que es peor. Porque el enfado moviliza, pero el cansancio desconecta. Y da la impresión de que eso es lo que más debería preocupar en el club: que una parte del zaragocismo ya no espera nada. Ya no se ilusiona con facilidad. Ya no reacciona ni siquiera con rabia. Observa. Sospecha. Y, sobre todo, desconfía.
El Real Zaragoza no necesita más comunicados ambiguos, más ceses a cámara lenta ni más maniobras a medio camino. Necesita claridad. Necesita que cuando alguien se vaya, se vaya. Necesita que cuando alguien mande, se sepa quién es. Necesita que el presidente tenga rostro, voz y presencia. Y necesita, de una vez por todas, dejar de parecer un club donde nadie termina de irse y nadie termina de llegar.
Porque mientras todo siga siendo tan confuso, tan viscoso y tan poco transparente, costará creer que de verdad haya empezado algo nuevo. Y esa es la tragedia actual del Zaragoza: que incluso cuando pretende cambiar, sigue pareciéndose demasiado a sí mismo.



