Los cielos despejados han permitido contemplar en buena parte de la comunidad el anillo de diamante, las perlas de Baily y la corona solar durante un fenómeno que no se veía en la España peninsular desde hacía más de un siglo
Por más que se hubiera anunciado durante meses, por muchas fotografías de otros eclipses que hubiéramos visto y por más que los expertos hubieran explicado lo que iba a ocurrir, había que estar allí. A las 20:29 horas de este miércoles, Aragón se quedó a oscuras. Durante algo más de un minuto, la Luna ocultó completamente el Sol y convirtió una tarde de agosto en una escena difícil de describir y todavía más difícil de olvidar.
El cielo despejado que ha acompañado a buena parte de la comunidad ha permitido disfrutar del eclipse en toda su plenitud. Zaragoza y amplias zonas de Aragón se encontraban dentro de la franja de totalidad del eclipse que este 12 de agosto ha atravesado España de oeste a este. En la capital aragonesa, la fase total se ha prolongado durante aproximadamente un minuto y 23 segundos.
La luz fue desapareciendo poco a poco. Al principio casi de forma imperceptible. El Sol seguía brillando, aunque cada vez quedaba menos de él. Pero conforme se aproximaba el momento de la totalidad, el paisaje comenzó a adquirir una tonalidad extraña. No era todavía de noche, pero tampoco parecía de día. La temperatura descendió y la luz adquirió un aspecto irreal, como si alguien hubiera cambiado de repente las reglas habituales de una tarde de verano.
Y entonces llegó el momento esperado.
Instantes antes de que el disco solar desapareciera completamente tras la Luna pudo contemplarse uno de los fenómenos más espectaculares asociados a un eclipse total: las perlas de Baily. Son pequeños puntos luminosos que aparecen en el borde lunar cuando los últimos rayos del Sol atraviesan los valles existentes entre las montañas de la accidentada superficie de la Luna. Durante apenas unos segundos, esos destellos forman una especie de collar de puntos brillantes alrededor de la silueta lunar.
Después llegó el anillo de diamante. Cuando prácticamente toda la superficie solar está ya oculta y queda un último punto de luz extraordinariamente intenso, mientras comienza a distinguirse la corona alrededor de la Luna, el conjunto adquiere la apariencia de un gigantesco anillo negro rematado por un diamante resplandeciente. Es uno de esos fenómenos que duran apenas unos instantes pero que permanecen mucho más tiempo en la memoria de quienes tienen la fortuna de contemplarlos.
Y finalmente, la oscuridad.
A las 20:29 horas desapareció la luz del Sol y apareció la corona solar. Durante más de un minuto, alrededor del círculo completamente negro de la Luna pudo verse esa atmósfera exterior del Sol, normalmente invisible debido al enorme resplandor de la superficie solar. Una aureola blanquecina, irregular y fantasmal se extendía alrededor del disco oscuro.
La imagen parecía sacada de una película de ciencia ficción. Un círculo absolutamente negro suspendido en un cielo oscurecido, rodeado por una corona luminosa, mientras en el horizonte permanecían todavía algunos tonos del atardecer. Por mucho que uno supiera exactamente lo que estaba sucediendo —la Luna interponiéndose entre la Tierra y el Sol—, la escena tenía algo de imposible.
Pero tan impresionante como lo que ocurría en el cielo era lo que sucedía en tierra.
Durante buena parte del eclipse, la Autovía Mudéjar presentaba una imagen insólita, prácticamente sin vehículos circulando. Muchos conductores habían buscado un lugar en el que detenerse para observar el fenómeno y, por unos minutos, una vía acostumbrada al ruido continuo del tráfico quedó sumida en un silencio extraordinario.
Un silencio roto únicamente por los murmullos de quienes, desde los márgenes y zonas próximas a la carretera, levantaban la cabeza hacia el cielo. Conversaciones en voz baja, alguna exclamación y el asombro compartido ante un acontecimiento que conseguía algo poco habitual: que durante unos minutos prácticamente todo lo demás dejara de importar.
La fase parcial había comenzado alrededor de las 19:35 horas en Zaragoza. Desde entonces, la Luna fue avanzando sobre el disco solar hasta alcanzar la totalidad poco antes de las ocho y media de la tarde. Después, el proceso se produjo a la inversa. El primer rayo de Sol reapareció, regresó de nuevo fugazmente el efecto del anillo de diamante y la luz comenzó a recuperar poco a poco su aspecto habitual.
Todo había terminado. Pero Aragón acababa de vivir uno de esos acontecimientos que sirven para marcar una fecha en el calendario de toda una generación.
El eclipse de este 12 de agosto tenía además un componente histórico. Ha sido el primer eclipse total de Sol visible desde la Península Ibérica en más de un siglo, una circunstancia que explica la expectación generada y las miles de personas que han buscado durante toda la jornada el mejor lugar desde el que contemplarlo.
Habrá que esperar mucho menos para el siguiente eclipse. El 2 de agosto de 2027 España volverá a vivir un eclipse total de Sol, pero la franja de totalidad quedará entonces limitada fundamentalmente al extremo sur peninsular, atravesando Ceuta, Melilla y zonas de Cádiz, Málaga, Granada y Almería. Desde Aragón se observará únicamente como eclipse parcial, por lo que la experiencia no podrá compararse con la vivida este miércoles.
Porque lo sucedido esta tarde ha sido mucho más que ver cómo la Luna tapaba el Sol. Ha sido comprobar cómo desaparecía la luz, sentir cómo descendía la temperatura, escuchar cómo se apagaba durante unos instantes el ruido cotidiano y levantar la mirada para encontrarse con una imagen que parecía pertenecer a otro mundo.
Durante poco más de un minuto, Aragón se quedó a oscuras. Y quienes lo han visto difícilmente lo olvidarán.