La búsqueda de nuevos antibióticos puede llevar a los investigadores a explorar lugares aparentemente alejados de la medicina. En el programa Hablemos de Agua, José Antonio Ainsa, investigador del equipo de antimicrobianos del Grupo de Genética de Micobacterias de la Universidad de Zaragoza, explicó cómo su equipo ha estudiado compuestos diseñados originalmente para aplicaciones fotovoltaicas.
La resistencia a los antibióticos se produce de forma natural en las bacterias, pero su aumento se ha visto favorecido durante las últimas décadas por el uso cada vez más intensivo y, en ocasiones, inadecuado de estos medicamentos, según explicó Ainsa. Cuando una bacteria resistente causa una infección, las opciones para combatirla pueden reducirse de forma importante.
Por eso, una de las vías de investigación consiste en encontrar nuevas moléculas capaces de actuar contra bacterias que ya no responden a los antibióticos disponibles. El equipo de la Universidad de Zaragoza decidió ampliar esa búsqueda y colaborar con investigadores del Departamento de Química Orgánica, que habían desarrollado una serie de compuestos para aplicaciones fotovoltaicas, sin relación inicial con la medicina.
Al someterlos a ensayos microbiológicos, los investigadores comprobaron que algunos de esos compuestos podían matar bacterias. Primero observaron actividad frente a Staphylococcus aureus y después comprobaron que también podían actuar contra cepas resistentes a los antibióticos. Esta bacteria puede formar parte de la microbiota de la piel y de las fosas nasales, aunque en determinadas ocasiones puede causar enfermedades, explicó Ainsa.
El interés del hallazgo no está únicamente en los compuestos, sino también en la estrategia: buscar actividad antibacteriana en moléculas que no se habían diseñado como fármacos. Además, Ainsa señaló que estos compuestos parecen matar a las bacterias mediante un mecanismo diferente de los habituales, lo que podría explicar su actividad frente a bacterias resistentes.
El investigador insistió, sin embargo, en que el resultado no equivale todavía a disponer de un nuevo antibiótico. El desarrollo hasta que una molécula pueda llegar al mercado sería “muy largo y muy costoso” y, probablemente, los compuestos utilizados en esta primera fase no sean los óptimos para convertirse en medicamentos.
La principal aportación del trabajo, según Ainsa, es haber demostrado que esta aproximación puede abrir una vía para encontrar moléculas antibacterianas. El siguiente reto será identificar y desarrollar compuestos con las características necesarias para una posible utilización médica.
Fuente: Programa Hablemos de Agua. Presentado por Pilar Sopesens