Desde hace ya meses muchos analistas políticos y tertulianos vienen advirtiendo de la posibilidad de que una vez consumado un cambio de gobierno -si efectivamente llega a suceder como anticipan todas las encuestas- se reactiven los sindicatos y los colectivos sociales de izquierdas, aletargados hasta hoy a pesar del deterioro de la situación económica de ciudadanos y trabajadores, y vuelvan las huelgas y las algaradas callejeras. No ha habido que esperar. El desahucio de Maricarmen Abascal en Madrid, uno más de los 270.000 que se han producido en los ocho años de mandato de Pedro Sánchez, ha supuesto el pistoletazo de salida con protestas generalizadas en toda España y los primeros conatos de organización de un nuevo 15-M, al igual que el del año 2011, primero manifestaciones masivas en toda España y luego acampadas en las principales plazas de las ciudades españolas más importantes. De momento, la de la Puerta del Sol de Madrid está teniendo menos seguimiento que aquella de hace quince años, aunque podría reactivarse. La paradoja es que, como aquel 15-M, las protestas de ahora han tenido como detonante el fracaso de las políticas económicas de un gobierno socialista, el de Zapatero entonces y el de Pedro Sánchez hoy y sin embargo las protestas se han focalizado en la derecha. Entre los ingredientes no falta el problema de la vivienda, que, si ya era grave entonces, aún es más grave ahora. De hecho, uno de los organizadores más activos en el 2011 fue la Plataforma de Afectados por las Hipotecas y hoy un autodenominado Sindicato de Inquilinas. Pero es paradójico, decía, que ya entonces el foco de todas las iras era la derecha, más que el gobierno responsable del fracaso con el que se pretendía justificar las protestas. Había un dato coincidente que quizás explique la paradoja: el ambiente olía a fin de ciclo y a un triunfo contundente de la derecha. Recordemos que en noviembre de 2011 Mariano Rajoy tuvo una mayoría absoluta que mejoró el mejor resultado de Aznar. Hoy las encuestas anticipan una más holgada mayoría de los dos partidos de la derecha nacional, PP y VOX. Pero el movimiento del 15-M se mantuvo activo desde entonces y cristalizó en la creación de Podemos, encumbrando a los líderes. Podemos se fundó en enero de 2014 con un manifiesto fundacional de título ciertamente significativo: Mover ficha: convertir la indignación en cambio político. Lo que pasó desde entonces es sobradamente conocido. Los líderes del movimiento se integraron en el partido político recién creado o en otros de corte similar (Pablo Iglesias en Madrid, Ada Colau en Barcelona) y asaltaron las instituciones -aunque ellos hablaban de asaltar los cielos-. Se acomodaron, mostraron su incompetencia, algunos sus miserias, cabalgaron con desigual fortuna no pocas contradicciones y unos pocos privilegiados se convirtieron en casta: Galapagar, Parlamento europeo, ministerios,… donde siguen, con pretensión de quedarse. Son en gran medida responsables del desastre contra el que ahora quieren levantarse los nuevos indignados, que algunos quizás sean viejos no escarmentados todavía. El nacimiento de Podemos tuvo muchos efectos a mi juicio negativos, la polarización, el encanallamiento de la política, la pérdida de las formas y del respeto institucional… Pero una de las peores consecuencias fue el acobardamiento de Rajoy que, con cierta propensión a la molicie, prefirió aparcar las reformas a las que se había comprometido y que resultaron ser muy necesarias. Aún hoy día estamos sufriendo las consecuencias de no haberlas acometido. Había demasiada tensión en la calle y demasiado ruido en los medios y redes sociales, demasiado para alguien como Rajoy. Pues bien, ahora también los va a haber. Hoy son más necesarias que entonces profundas reformas a todos los niveles, institucionales y económicos, ajustes impopulares -sin eufemismos, recortes, porque esto no se sostiene, no ya a largo plazo sino a medio- y reformas legales que desmonten buena parte de la herencia sanchista. Es de esa herencia que habrá que desmontar de donde proceden los problemas contra los que ahora se protesta, pero, habremos de verlo, se protestará también cuando traten de solucionarse. Espero que al sentido común se una esta vez la determinación necesaria.
Julio Calvo Iglesias
Exconcejal del Ayuntamiento de Zaragoza



