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Primer golpe de realidad: los rivales de los amistosos

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El Real Zaragoza ya ha anunciado su calendario de pretemporada y, más allá de las fechas, los desplazamientos o la carga física del verano, lo que ha provocado una reacción inmediata entre buena parte del zaragocismo es la sensación de que el club sigue sin entender del todo el momento histórico que atraviesa. Porque estos amistosos, especialmente algunos de ellos, no solo sirven para preparar la temporada: también reflejan la realidad, la debilidad institucional y la falta de sensibilidad con la que se están tomando ciertas decisiones.

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El cartel de la pretemporada incluye partidos ante Utebo, Barbastro, Andorra, Real Sociedad B, UD Logroñés, Villarreal B y Bilbao Athletic. Y precisamente ahí está el primer golpe de realidad. El Zaragoza, un club recién caído a Primera RFEF, ya no mira a esos equipos desde la distancia del fútbol profesional. Ahora comparte escenario con ellos, nivel competitivo con ellos y, en algunos casos, hasta complejos con ellos. No hay mejor imagen para retratar lo que ha pasado con esta entidad en los últimos años.

Pero más allá de esa lectura deportiva, la que más ha indignado a parte de la afición tiene que ver con el Trofeo Carlos Lapetra. Porque el partido señalado para el 8 de agosto en el Ibercaja Estadio será frente a la Real Sociedad B. Y ahí es donde muchos zaragocistas han puesto el grito en el cielo. No solo porque se trate de un filial, algo ya de por sí difícil de digerir en un trofeo que debería tener un mínimo prestigio y simbolismo, sino porque muchos consideran que, para jugar contra un rival de ese perfil, habría sido bastante más lógico y coherente buscar un equipo del propio grupo o del entorno competitivo inmediato, como pueden ser Teruel, Hércules o cualquier otro conjunto con mayor sentido deportivo, ambiental o incluso institucional.

La crítica no es menor. Para una parte importante de la afición, disputar el Trofeo Carlos Lapetra ante un filial demuestra que no hay nadie verdaderamente al mando con sensibilidad suficiente para entender lo que representa ese nombre. No se trata solo de fútbol. Se trata de memoria, de respeto y de altura institucional. Y si encima el rival elegido es la Real Sociedad B, club cuya imagen genera rechazo en parte del zaragocismo por sus constantes desplantes o agravios percibidos hacia Aragón, la decisión resulta todavía más incomprensible.

De hecho, hay aficionados que van más allá y consideran que, si el trofeo ha perdido tanto fondo y tanta categoría, quizá lo más honesto sería dejar de disputarlo en estos términos. O al menos cambiarle el nombre. Porque utilizar el nombre de Carlos Lapetra para un partido de este perfil empieza a parecer, para muchos, una falta de respeto continuada a su memoria. Cada verano se repite el mismo debate y cada verano la sensación es parecida: el trofeo ya no honra al mito, sino que lo empequeñece.

En lo puramente futbolístico, el calendario confirma que el Zaragoza se va a medir a rivales muy similares a los que tendrá que afrontar durante el año. Filiales potentes, equipos duros, estructuras estables y clubes que conocen perfectamente la categoría. Eso puede ser útil desde el punto de vista competitivo, sí. Pero en lo emocional e institucional el mensaje vuelve a ser desolador: el Zaragoza ha caído tanto que hasta sus amistosos parecen diseñados desde la resignación, no desde la reconstrucción con orgullo.

Porque una cosa es aceptar la nueva realidad y otra muy distinta asumirla sin criterio, sin jerarquía y sin respeto por los símbolos del club. Y eso es lo que muchos zaragocistas creen ver en este cartel de pretemporada: un club que sigue actuando como si nada hubiera pasado, cuando en realidad ha pasado de todo.

El Trofeo Carlos Lapetra debería ser una cita para dignificar al Zaragoza, para conectar con su historia y para recordar quién fue este club y quién aspira a volver a ser. Si en lugar de eso se convierte en otro síntoma de decadencia, entonces el problema ya no es solo deportivo. Es mucho más profundo. Es cultural, institucional y casi sentimental.

Y eso, probablemente, sea lo más preocupante de todo.