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Un club sin mando, sin ritmo y sin vergüenza institucional

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Hay algo todavía más preocupante que el descenso del Real Zaragoza a Primera RFEF: la sensación de que, incluso después del golpe, el club sigue funcionando igual de mal. O peor. Porque una cosa es caer deportivamente, que ya es gravísimo, y otra muy distinta es no dar señales de haber entendido por qué has caído.

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Estamos ya a las puertas de julio y el Real Zaragoza sigue sin director general. Y no hablamos de un puesto secundario, ni de una figura decorativa, ni de un cargo que pueda esperar a que pasen las vacaciones. Hablamos del jefe ejecutivo del club, de la figura que debería ordenar, coordinar, acelerar y dar coherencia a una entidad que viene de consumar uno de los mayores desastres de su historia reciente. Pero no está. Y lo peor no es solo que no esté. Lo peor es que en el Zaragoza casi parece normal.

Ese es el gran drama de este club: hemos normalizado lo anormal. Hemos aceptado como rutina que todas las decisiones lleguen tarde, que todo se haga con una lentitud exasperante y que cualquier proceso interno parezca una reunión de comunidades entre continentes. Se cesa tarde. Se ficha tarde. Se reacciona tarde. Y cuando por fin se actúa, casi siempre se hace mal. El descenso no ha sido un accidente. Ha sido la consecuencia lógica de años de torpeza, de burocracia inútil y de una estructura incapaz de resolver a tiempo casi nada.

Lo más inquietante es que ni siquiera está claro quién manda de verdad. Y cuando en un club nadie sabe exactamente quién toma la última decisión, lo normal es que no la tome nadie o que la tomen demasiado tarde. En el texto base de esta opinión se apunta una idea que tiene todo el sentido del mundo: quizá el problema no sea solo la incapacidad, sino también la falta de comunión real entre los propietarios. Si no hay una mayoría clara, si no hay una línea firme, si cada paso depende de equilibrios internos y de sensibilidades cruzadas, el resultado es el que estamos viendo desde hace demasiado tiempo: un club paralizado, débil y sin contundencia.

Y luego llegó Paulino, desde fuera, a decir lo que muchos intuíamos desde dentro. Que la infraestructura falla. Que la organización falla. Que la seriedad falla. Que para cualquier decisión hay que preguntar en medio planeta. Que el club transmite esa imagen tan devastadora de sitio donde preguntas quién manda y nadie lo sabe explicar bien. Y aquí conviene decir dos cosas a la vez. La primera: lo que cuenta es valioso porque confirma muchas sospechas. La segunda: también habría estado bien escucharlo cuando todavía llevaba el escudo en el pecho. Porque en el Zaragoza hay una costumbre muy fea: mientras se está dentro, casi todos callan; cuando se van, muchos descubren de repente la verdad.

Eso sí, Paulino acierta en lo esencial. El Zaragoza está montado sobre una lentitud estructural incompatible con el fútbol moderno. Y en el fútbol actual, llegar tarde es perder. Llegar tarde a un entrenador, perderlo. Llegar tarde a un fichaje, perderlo. Llegar tarde a una reestructuración, sufrirla. Llegar tarde a una crisis, acabar descendiendo. No hace falta un análisis especialmente sofisticado para entenderlo: un club que tarda una eternidad en resolver sus procesos internos está condenado a ir siempre por detrás de los demás. Y cuando compites por abajo, vivir por detrás te manda al pozo.

Mientras tanto, Lalo Arantegui se ha convertido en una especie de hombre para todo. Director deportivo, portavoz, reorganizador de cantera, figura institucional, apagafuegos y casi gestor general oficioso. Y aunque eso pueda hablar bien de su predisposición y de su implicación, también retrata un club mal construido. Porque una cosa es que alguien válido asuma responsabilidades y otra muy distinta que termine sosteniendo una estructura que debería estar mucho mejor repartida. No es serio que el director deportivo sea quien acabe organizando casi todo porque alrededor hay un vacío de poder o una ausencia de liderazgo ejecutivo.

En el fondo, todo se resume en una idea muy simple: el Real Zaragoza no necesita más discursos. Necesita mando. Mando de verdad. Alguien que decida, que ejecute, que se equivoque si hace falta, pero que no deje pasar semanas enteras mientras el club sigue flotando en su propia parálisis. Porque si para nombrar un director general ya se transmite esta imagen de lentitud, improvisación y desconexión, cuesta muchísimo creer que luego se vaya a competir con la agresividad, el orden y la claridad que exige la Primera RFEF.

El zaragocismo lleva años soportando derrotas, promesas incumplidas y reconstrucciones eternas. Lo mínimo exigible ahora no es un gran titular ni una campaña bonita. Es algo mucho más básico: que el club parezca un club. Porque hoy, demasiadas veces, sigue pareciendo una empresa desordenada, sin jefe visible, sin reflejos y sin vergüenza institucional.