Hay derrotas que no solo te obligan a cambiar jugadores, entrenadores o presupuestos. Hay derrotas que te fuerzan a mirarte al espejo y preguntarte en qué momento dejaste de ser tú mismo. Y esa sensación me dejó escuchar a Lalo Arantegui. Por primera vez en mucho tiempo, el Real Zaragoza parece haber entendido que la reconstrucción no pasa solo por fichar mejor, sino por recuperar una identidad que hace años se fue difuminando entre parches, improvisaciones y proyectos sin alma.
Lo que más me llamó la atención de sus palabras no fue tanto la lista de salidas, ni siquiera la de fichajes, sino el tono de fondo. La idea de volver a Boltaña, de hacer una plantilla corta, de dejar hueco a los chavales del Deportivo Aragón, de construir una misma forma de jugar “desde el alevín B” hasta el primer equipo, de asumir que el club necesita fabricarse a sí mismo otra vez. Todo eso suena a algo muy viejo. Y justamente por eso suena tan bien.
Porque el Zaragoza, cuando ha sido reconocible, nunca ha sido un club de plantillas infladas, ni de mercenarios de paso, ni de ocurrencias sin hilo conductor. El Zaragoza que más se respetaba a sí mismo tenía una raíz muy clara: pretemporadas con sentido, cantera viva, un núcleo reconocible, jugadores que sabían dónde estaban y una cierta coherencia entre lo que se hacía abajo y lo que se veía arriba. No hablo ya del Zaragoza campeón, ni siquiera del más brillante. Hablo del Zaragoza que tenía personalidad. Del Zaragoza que, aunque pudiera caer, sabía quién era.
Por eso me parece importante que Lalo insista tanto en la cantera. Cuando dice que “el futuro de este club tiene que ser con jugadores que fabriquemos nosotros en la ciudad deportiva”, está diciendo algo mucho más profundo que una consigna bonita para rueda de prensa. Está admitiendo que este club ha vivido demasiado tiempo de espaldas a su propia casa. Ha mirado más fuera que dentro, ha fichado más de lo que ha formado y ha llenado vestuarios de jugadores sin vínculo, sin pertenencia y muchas veces sin el nivel ni el carácter necesarios. Así se acaba con 25 salidas de golpe y una sensación de solar.
También me parece acertado lo de Boltaña. Puede parecer un detalle menor, casi costumbrista, pero no lo es. La pretemporada fuera, con convivencia, con aislamiento relativo del ruido, con trabajo de grupo, con la sensación de empezar algo de verdad, no es una tontería. Es volver a entender que un equipo no se arma solo con contratos, sino con convivencia, hábitos, jerarquías y cultura de esfuerzo. Y eso, en una categoría como la Primera RFEF, importa todavía más que en Segunda.
Ahora bien, una cosa es que el discurso me guste y otra muy distinta es regalar optimismo. Ya hemos escuchado demasiadas veces palabras bonitas en este club. La diferencia aquí estará en si de verdad se lleva hasta el final. Porque volver a las raíces no puede consistir en usar cuatro símbolos reconocibles para tranquilizar a la afición. No basta con decir “cantera”, “Boltaña” y “jugadores de la casa”. Eso tiene que traducirse en decisiones reales cuando llegue el barro. En aguantar al chico joven cuando falle. En no tapar cada hueco con un veterano de paso. En no volver a hacer una plantilla descompensada. En sostener una idea de juego común cuando vengan dos derrotas. Ahí se verá si esto va en serio.
Además, hay una verdad incómoda que no conviene olvidar: regresar a las raíces no garantiza nada. No asegura el ascenso, ni evita los baches, ni convierte al Zaragoza en favorito por decreto. Pero sí puede hacer algo fundamental: devolverle coherencia. Y un club sin coherencia está condenado a repetir errores. Uno con ella, al menos, tiene una base sobre la que crecer.
Yo, después de escuchar a Lalo, tengo una impresión clara: el Zaragoza parece haber entendido por fin que no puede seguir siendo una suma de nombres, cesiones y remiendos. Que necesita parecerse otra vez a sí mismo. Que tiene que dejar de actuar como un club sin memoria. Y eso, aunque llegue tarde y después de un desastre histórico, ya es un punto de partida.
No es suficiente. Pero sí es, quizá, la primera idea razonable que se escucha en mucho tiempo.



