El blindaje por escrito de Jorge Mas

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La entrevista de Jorge Mas no fue una comparecencia. No fue una rueda de prensa. No fue un vídeo. No fue un viaje a Zaragoza para mirar a los ojos a una afición devastada. Fue un texto. Un texto publicado por el propsio club, sin repreguntas, sin tensión, sin posibilidad de incomodidad. Y eso, en el día después de un descenso histórico, ya lo dice casi todo.

Porque cuando una institución se derrumba, el máximo responsable no puede limitarse a emitir una versión controlada de sí mismo. Tiene que dar la cara. De verdad. Con presencia física. Con preguntas de periodistas. Con silencios incómodos. Con la obligación de responder también a lo que no quiere responder. Lo demás no es valentía institucional. Es un parapeto.

Jorge Mas asegura que son “días muy duros para todos los zaragocistas”, agradece a la afición porque “han sido los que realmente han estado a la altura del escudo en todo momento” y admite que “no hemos estado a la altura de lo que representa el Real Zaragoza”. Bien. Son frases correctas. Incluso necesarias. El problema es que llegan en el formato más cómodo posible para quien las pronuncia. Y eso les resta casi toda su fuerza.

No comparecer en Zaragoza, ni siquiera hacerlo en vídeo, transmite una idea muy concreta: se quiere controlar el mensaje, no asumir el desgaste. Se quiere hablar, pero sin exponerse. Se quiere intervenir, pero en un terreno completamente esterilizado. Y eso, después de mandar al Real Zaragoza fuera del fútbol profesional, resulta insuficiente. Más que insuficiente: ofensivo.

Porque la pregunta de fondo no es solo qué dice Jorge Mas, sino por qué lo dice así. ¿Por qué una entrevista escrita en medios oficiales del club? La respuesta parece bastante evidente: para evitar preguntas reales. Para no tener que escuchar por qué ha tardado tanto en reaccionar la propiedad. Para no tener que explicar su ausencia física durante tantos momentos decisivos. Para no responder sobre Juan Forcén, sobre Fernando López, sobre Mariano Aguilar, sobre las decisiones deportivas que han conducido al abismo. Para no aclarar qué errores concretos se cometieron ni quién los cometió. Para no someterse al mínimo examen público que exige una tragedia deportiva de este calibre.

En la entrevista, Mas promete que habrá “cambios muy importantes y profundos”, anuncia decisiones relevantes en el Consejo del 2 de junio y sostiene que “no podemos repetir errores del pasado”. También afirma que “en el nuevo proyecto solo caben futbolistas con hambre, con mentalidad fuerte y preparados para competir bajo presión”. Todo eso suena bien. El problema es que, a estas alturas, ya no basta con sonar bien. El zaragocismo no necesita literatura corporativa. Necesita hechos, nombres, responsabilidades y un plan creíble.

También insiste en que “la estabilidad, la solvencia y la viabilidad del Real Zaragoza no están en cuestión” y remarca que “tanto Juan Forcén como yo vamos a incrementar nuestra participación accionarial”. Y ahí aparece otra de las claves del problema. En una ciudad y en una afición que ya desconfían profundamente de quienes han pilotado este hundimiento, insistir en más presencia de los mismos no suena precisamente a regeneración. Suena, más bien, a blindaje.

La entrevista deja una sensación muy clara: Jorge Mas ha querido aparecer, pero no exponerse. Ha querido estar, pero sin estar del todo. Ha querido marcar relato, pero no asumir el vértigo de un diálogo real. Y en un momento como este, eso no es suficiente para reconstruir nada.

El Real Zaragoza acaba de consumar uno de los mayores desastres de su historia. La ciudad merecía un presidente presente. La afición merecía una comparecencia de verdad. Los periodistas merecían poder preguntar. Y el club merecía algo más que una declaración filtrada por su propio canal oficial.

Lo que se ha publicado no es una entrevista valiente. Es una pieza de autoprotección. Y eso, hoy, retrata casi tanto como el descenso.