El Real Zaragoza cerró su naufragio con otra derrota, esta vez ante el Málaga por 0-2, en un final que simboliza a la perfección toda la temporada: un equipo superado, sin reacción y condenado a despedirse del fútbol profesional desde la última posición. Chupe adelantó al conjunto andaluz en la primera mitad y más tarde sentenció de penalti, en un partido en el que los blanquillos volvieron a dejar una imagen pobre y sin capacidad de respuesta.
La foto final es demoledora. El Real Zaragoza termina con 36 puntos, en el puesto 22 de 22 en Segunda División. Es decir, último de la categoría. Y si se amplía la comparación al conjunto del fútbol profesional español, la herida aún escuece más: 42 de 42, el peor balance entre Primera y Segunda. No hay matiz posible, ni consuelo estadístico, ni refugio en la historia. El Zaragoza no solo ha bajado: ha cerrado la temporada como el peor equipo del fútbol profesional.
La comparación con el Racing de Santander, uno de los nombres fuertes de la temporada, resulta casi ofensiva para el zaragocismo. Ochenta y dos puntos frente a treinta y seis. Cuarenta y seis puntos de diferencia. Más del doble de producción competitiva. Mientras unos han completado una campaña de aspirante serio, el Zaragoza ha firmado un año de colista. Mientras otros han vivido con la presión del ascenso, el club aragonés ha ido despeñándose hasta quedar descolgado del todo.
Ese dato, 36 frente a 82, resume mejor que cualquier discurso el abismo actual del Real Zaragoza. No se trata solo de haber descendido. Se trata de haberlo hecho sin competir a la altura mínima que exige el escudo. El Zaragoza no ha caído por un detalle, ni por un mal mes, ni por una racha puntual. Ha terminado último porque ha sido incapaz de sostener una línea competitiva, porque se ha deshecho en los momentos decisivos y porque ha convertido la supervivencia en una misión imposible.
Lo más grave es que la última jornada no hizo más que confirmar lo que ya se sabía. El Málaga fue mejor desde pronto, generó peligro, golpeó primero y terminó rematando el encuentro desde los once metros. El Zaragoza, mientras tanto, vivió entre la impotencia y la resignación, como si el descenso ya hubiese vaciado cualquier resto de energía competitiva. Hubo acercamientos, algún intento aislado y más corazón desordenado que fútbol. Muy poco para un club que hace no tanto se medía a los grandes de España y Europa.
Acabar último no es una anécdota. Es una sentencia. Porque una cosa es perder la categoría peleando hasta el último aliento y otra muy distinta hacerlo cerrando la clasificación. El Real Zaragoza no ha sido uno más entre los descendidos. Ha sido el peor de todos. El que menos puntos ha sumado. El que más lejos ha estado de la exigencia mínima. El que ni siquiera ha podido maquillar su final con una despedida decorosa.
Ahora empieza otra etapa, sí, pero desde el peor punto posible. No desde la nostalgia de un grande venido a menos, sino desde la crudeza del dato incontestable: último, 36 puntos, fuera del fútbol profesional. Y enfrente, como espejo cruel, esos 82 puntos del Racing que recuerdan lo que es una temporada construida con ambición, regularidad y colmillo competitivo. Justo lo que al Zaragoza le ha faltado de principio a fin.






