A estas alturas ya no creo en las medias tintas. No creo en reconstrucciones sentimentales. No creo en rescatar a casi nadie por cariño, por pasado o por nombre. Después de lo que hemos visto esta temporada, mi conclusión es muy simple: que se vayan todos. Y cuando digo todos, es casi todos. Que salga cualquiera que haya formado parte de esta plantilla y no pasa absolutamente nada. Más bien al contrario: sería lo mejor que podría ocurrirle al Real Zaragoza.
No hablo solo de malos futbolistas. Hablo de malos profesionales. Hablo de un grupo que ha demostrado una falta de competitividad, de orgullo y de respeto por el club que debería inhabilitarlo para seguir vistiendo esta camiseta. Y no hace falta entrar en detalles escabrosos ni en los entresijos del vestuario, aunque los hay y son sonrojantes. Basta con haber visto al equipo en el campo durante los dos últimos meses. Ahí estaba todo. Ahí se les ha caído la careta.
Cuando un equipo se juega la vida y se pasa abril y mayo sin ganar un partido, no estamos solo ante un problema de fútbol. Estamos ante un problema de alma. O, mejor dicho, de ausencia total de alma. Este grupo ha transmitido desinterés, desconexión y hasta desgana en demasiados momentos. Y eso en el Zaragoza no debería salir gratis. No puede pasar página el club y empezar otra temporada con los mismos rostros, los mismos vicios y las mismas inercias.
Por eso no me duele especialmente que salgan nombres concretos. Ni siquiera aquellos que en teoría podrían ser aprovechables. Si el club decide romper de verdad con este ciclo, tendrá mi aplauso. Luego podrá acertar o equivocarse en los fichajes, claro. Pero al menos habrá entendido lo esencial: esta plantilla está contaminada. Hay grupos que se caen por su falta de calidad y otros que se caen porque ya no creen ni en ellos mismos. Este Zaragoza reúne ambas cosas.
La única pequeña esperanza se llama Lalo Arantegui. No porque tenga una varita mágica, sino porque al menos da la impresión de conocer la categoría, de saber qué perfiles hacen falta y de entender que en Primera RFEF no se sube con nombres, sino con hambre. Pero tampoco conviene engañarse: con un director deportivo no basta. Si por encima todo sigue igual, si los cambios son solo cosméticos, si se sacrifican dos o tres cabezas para calmar a la grada mientras el núcleo duro del desastre permanece intacto, el problema seguirá ahí.
Y además hay algo que me preocupa: que se intente vender como revolución lo que no sea más que un lavado de cara. El zaragocismo ya ha tragado demasiadas veces con esa película. Ahora toca limpiar de verdad. Sin nostalgia. Sin sentimentalismos. Sin pensar en qué jugador “igual en Primera RFEF sí vale”. No. Aquí la prioridad no es ver quién puede servir. La prioridad es extirpar una cultura perdedora que ha infectado el vestuario.
El Zaragoza necesita otra plantilla, otra energía, otra jerarquía y otro compromiso. Necesita futbolistas que quieran venir, no jugadores que estén de paso. Necesita gente que entienda que jugar aquí no es un trámite ni una plataforma personal, sino una responsabilidad enorme. Y eso empieza, precisamente, dejando salir a quienes han demostrado que no estaban a la altura.
A veces reconstruir no consiste en añadir piezas. Consiste en vaciar la casa. Y en el Real Zaragoza ha llegado exactamente ese momento.






