Hay formas de descender y luego está la del Real Zaragoza esta temporada: siendo colista, siendo el peor equipo de la categoría y cayendo en la Segunda más barata de los últimos tiempos. Ese es el dato que más retrata el tamaño del desastre. No estamos hablando de un descenso competido hasta el último minuto, de una mala racha puntual o de una condena cruel en una categoría de altísimo nivel. No. Hablamos de un equipo que ha terminado último con 36 puntos, con solo 8 victorias en 42 jornadas, con 34 goles a favor y 22 derrotas. Hablamos del peor Zaragoza de la historia moderna.
Y lo más grave no es solo bajar. Lo más grave es cómo se ha bajado. El equipo ha llegado a los dos últimos meses sin una sola victoria en abril y mayo jugándose la vida. Eso no es mala suerte. Eso no es una conspiración arbitral. Eso no es un accidente. Eso es una renuncia competitiva. Es una plantilla incapaz de sostener la exigencia mínima que requiere un club como el Real Zaragoza. Un equipo que no ha sabido responder ni cuando la permanencia se puso más barata que nunca.
Porque esa es otra gran humillación. Este descenso ha sido un regalo envenenado. Casi cualquiera se salvaba. La categoría llevaba semanas ofreciendo segundas, terceras y cuartas oportunidades. Los rivales fallaban una y otra vez. El listón estaba por los suelos. Y aun así, el Zaragoza no solo no aprovechó la ocasión, sino que terminó hundido en el último puesto. Ser colista en una liga así tiene un significado demoledor: no te ha dado ni para competir con equipos igual de malos o igual de descompuestos que tú.
Durante años se ha ido aplazando lo inevitable. La propiedad, la dirección deportiva, los entrenadores, los jugadores, todos han ido sobreviviendo sobre una mentira colectiva: que el Zaragoza podía seguir flotando solo por el peso del escudo. Pero el escudo no gana partidos. La historia no mete goles. La masa social no corrige errores defensivos ni convierte ocasiones. Y cuando te pasas demasiadas temporadas mirando al abismo sin corregir nada, un día te caes.
Lo terrible de este curso es que no deja margen a la compasión deportiva. No es el descenso del infortunio. Es el descenso del merecimiento. El Real Zaragoza ha sido el peor. El menos fiable. El menos competitivo. El más blando. El más incapaz de reaccionar. Y cuando eso sucede en la Segunda más floja de los últimos años, la conclusión es insoportable: si ni así te has salvado, es que lo has hecho todo rematadamente mal.
Por eso cuesta tanto encontrar consuelo. Porque ni siquiera queda el recurso de pensar que en otro contexto te habrías mantenido. Con la puntuación de la pasada temporada, sí, quizá este Zaragoza habría sido decimocuarto. Pero ese dato ya no sirve para nada. Lo que cuenta es el aquí y el ahora. Y aquí y ahora el Zaragoza se ha ido al barro como colista. Como el peor de todos. Como el equipo que ni en la liga más barata fue capaz de comprar su supervivencia.



