La marcha de Francho Serrano al Getafe no ha sido recibida como una salida más. El anuncio oficial del Real Zaragoza ha provocado una reacción muy dura entre buena parte del zaragocismo, que interpreta el adiós del capitán como otro golpe emocional en un verano en el que el club sigue deshaciendo algunos de los últimos vínculos más reconocibles con su cantera.
Francho se marcha después de alcanzar los 200 partidos oficiales con el Real Zaragoza, una cifra que el propio club había destacado recientemente como parte de una trayectoria iniciada en la Ciudad Deportiva, a la que llegó en edad alevín. Su debut con el primer equipo se produjo el 1 de noviembre de 2020, en La Romareda, ante el Mallorca.
El traspaso al Getafe ha reabierto una herida profunda: la sensación de que el Real Zaragoza habla de identidad, cantera y raíces, pero luego no consigue sostener a sus futbolistas más simbólicos. Francho era el último gran representante de una generación que ya había visto salir a Alejandro Francés, Iván Azón y Adrián Liso. Su adiós deja al vestuario sin uno de los pocos jugadores que conectaban directamente con la Ciudad Deportiva y con una parte sentimental de la grada.
Las respuestas localizadas al anuncio oficial reflejan, sobre todo, enfado hacia la propiedad y la dirección del club. Una de las reacciones más duras resumía ese malestar con un mensaje demoledor: “Sois unos tibios, unos negligentes y tan antizaragocistas como el que más”, antes de reclamar la salida de los responsables del club y señalar directamente a Forcén y al Director General.
Más allá del tono, la idea de fondo es clara: una parte de la afición no compra el relato institucional de la nueva etapa. El zaragocismo observa que el club ha descendido a Primera Federación, que se han vendido o dejado salir activos importantes y que, al mismo tiempo, se pide paciencia, fidelidad y confianza. La salida de Francho, por su carga simbólica, se convierte en una prueba especialmente delicada para esa confianza.
El caso duele porque Francho no era únicamente un centrocampista más de la plantilla. Era capitán, zaragozano, zaragocista, jugador formado en casa y uno de los rostros que dio la cara en los momentos más difíciles. Incluso cuando su rendimiento fue discutido, nadie podía negar su identificación con el club. Esa es la clave emocional de la reacción: no todos los aficionados consideran traumática su pérdida en lo puramente futbolístico, pero muchos sí la viven como una pérdida de identidad.
También pesa la forma. Francho tenía contrato hasta 2030 tras una renovación que en su momento fue presentada como una apuesta por el futuro del club y por uno de sus futbolistas de referencia. Aquella ampliación de contrato fue comunicada por el Real Zaragoza destacando que el jugador se comprometía por cinco temporadas con “el club de su vida”. Poco más de un año después, el capitán sale rumbo al Getafe.
Desde el punto de vista económico, la salida se explica por la nueva realidad del Real Zaragoza en Primera Federación. Diferentes informaciones han apuntado a que su salario no encajaba en los parámetros actuales del club tras el descenso, y que la operación permite al Zaragoza aliviar masa salarial, aunque manteniendo un porcentaje sobre el futuro del jugador.
Pero esa explicación financiera no calma el enfado. Al contrario, para muchos zaragocistas agrava la sensación de mala planificación. Si el contrato era difícil de asumir en caso de descenso, la pregunta es por qué se firmó en esas condiciones. Y si el club quiere reconstruir desde la identidad, la duda es por qué uno de los primeros sacrificios es precisamente un jugador de la casa.
Las reacciones también muestran una crítica más amplia a la gestión de la cantera. El Real Zaragoza lleva años apelando a la Ciudad Deportiva como uno de sus pilares, pero la realidad reciente ha sido la salida de varios de sus nombres más reconocibles. Francés, Azón, Liso y ahora Francho representan caminos distintos, operaciones distintas y contextos distintos, pero para la afición componen una misma imagen: el equipo pierde a los suyos mientras intenta reconstruirse con piezas nuevas.
En ese contexto, la despedida institucional, aunque correcta en el tono, no logra tapar el fondo del problema. El club agradece, reconoce y despide a Francho como “uno de los referentes del zaragocismo”, pero la afición no solo está leyendo el comunicado. Está leyendo la secuencia completa de los últimos años: descenso, cambio de propiedad, venta de activos, campaña de abonados discutida y salida de uno de los últimos símbolos de pertenencia.
El Getafe ofrece a Francho la posibilidad de jugar en Primera División. Para el futbolista, la operación puede suponer una oportunidad deportiva lógica. Para el Real Zaragoza, en cambio, deja una sensación incómoda: el club se desprende de otro jugador formado en casa justo cuando más necesita reconstruir un vínculo emocional con su gente.
Por eso la reacción ha sido tan intensa. No es solo por Francho. Es por lo que Francho representa. Es por la contradicción entre el discurso de raíces y la realidad del mercado. Es por la frustración acumulada de una afición que ve cómo el club toca fondo deportivo y, al mismo tiempo, se queda sin algunos de sus referentes más propios.
El zaragocismo no discute que el club deba ajustar sus cuentas. Lo que discute es cómo ha llegado hasta aquí, quién asume responsabilidades y por qué los costes emocionales vuelven a caer sobre la afición. La salida de Francho deja dinero, margen o alivio salarial, según se mire. Pero también deja un vacío difícil de cuantificar.
Francho se va al Getafe. El Real Zaragoza pierde a su último gran one club man. Y la afición, otra vez, se queda con la sensación de que el club que le pide fidelidad “ahora más que nunca” sigue alejándose de aquello que dice querer recuperar.
