Lo más desesperante del día después del descenso no fue solo la caída. Fue comprobar que, una vez consumado el desastre, el Real Zaragoza seguía funcionando exactamente igual de mal. Mucho rumor, mucha maniobra, mucho nombre, mucha filtración, mucho globo sonda… y ni una sola decisión visible oficial. Solo humo. Humo para distraer, humo para ganar tiempo, humo para evitar que la indignación se ordene y se convierta en protesta real.
Que si va a salir Jorge Mas, que si Fernando López tiene las horas contadas, que si Mariano Aguilar está fuera, que si habrá nuevo presidente, que si entra capital aragonés, que si no sé quién está detrás. Todo eso está muy bien para llenar tertulias, columnas y conversaciones, pero hay una realidad incontestable: por ahora no ha salido nadie. El club ha descendido y los responsables siguen ahí. Y eso, por sí solo, ya es una declaración de intenciones.
El zaragocismo necesitaba una reacción inmediata. No un gran plan a tres años, no un juego de espejos, no una cortina de humo. Necesitaba dos cosas muy básicas: perdón y cabezas. Y no ha tenido ninguna. En lugar de eso, se ha encontrado con el mismo club torpe, frío y desnortado de los últimos años. Un club más preocupado por gestionar el relato que por afrontar de cara el daño que ha causado.
Por eso yo desconfío profundamente de toda esta catarata de nombres y movimientos. No porque sean necesariamente mentira, sino porque sirven para lo de siempre: correr sin haber empezado a andar. Se habla del mañana para no asumir el hoy. Se filtra una supuesta reconstrucción para evitar que se exija una depuración. Se entretiene a la gente con el siguiente entrenador, el siguiente secretario técnico o el siguiente accionista, cuando todavía no se ha resuelto lo elemental: quién dimite, quién asume responsabilidades y quién deja de manosear el club.
Y en medio de todo ese desorden, aparece también la figura del jugador como símbolo perfecto de esta decadencia. Porque si hay algo que explica bien el descenso no es solo la mala planificación, sino el tipo de liderazgo que ha tenido este vestuario. Ahí el caso de Raúl Guti resume muchas cosas: la quinta amarilla buscada, el borrado, el discurso victimista, la defensa cerrada del vestuario y esa sensación permanente de que algunos capitanes han representado antes a su grupo de comodidad que al escudo que llevaban en el pecho.
Eso es lo más grave. No que haya jugadores malos, porque malos los ha habido siempre. Lo insoportable es que haya faltado jerarquía moral. Que haya faltado gente capaz de dar la cara de verdad. Que cuando el club se caía, algunos se protegieran a sí mismos antes que al Zaragoza. Y que al final el capitán no pareciera el representante del zaragocismo, sino el portavoz de la resignación interna.
El problema del Zaragoza es estructural, pero también es profundamente humano. No ha fallado solo el fútbol. Han fallado las prioridades, la autoridad, la exigencia y la vergüenza. Y mientras no se corte con eso, todo lo que venga después será maquillaje.
Se puede cambiar de entrenador. Se puede cambiar de director deportivo. Se puede incluso cambiar una parte de la propiedad. Pero si no cambia la cultura de impunidad, de humo y de mediocridad, el Zaragoza seguirá igual de perdido. Solo que en una categoría todavía más pequeña.



