La derrota en Córdoba dejó una sensación amarga, pero sobre todo dejó una verdad incómoda encima de la mesa: este Zaragoza está donde está por algo. Y por mucho que durante unas semanas hayamos querido creer en la remontada definitiva, en la reacción total y en la salvación como una cuestión casi natural, la realidad vuelve siempre cuando afloja la adrenalina. Y la realidad de este equipo sigue siendo muy dura.
Yo entiendo perfectamente que las palabras de David Navarro hayan hecho daño a parte del zaragocismo. Porque veníamos comprando, con gusto además, un discurso de resistencia, de fe y de pelea contra lo imposible. Y hacía falta. Era imprescindible. Sin esa ilusión, sin esa especie de mentira piadosa convertida en motor, el Zaragoza ya estaría muerto hace tiempo. Había que creerse que se podía, aunque los números dijeran otra cosa. Había que convencerse de que este equipo era mejor de lo que había demostrado durante meses. Y durante un rato funcionó.
Pero también llega un momento en el que la verdad se abre paso. No por maldad, ni por derrotismo, ni por tirar la toalla. Se abre paso porque el fútbol, al final, te pone delante de lo que eres. Y este Zaragoza, más allá del entusiasmo puntual, sigue siendo un equipo muy corto de nivel, muy frágil de cabeza y muy pobre en demasiadas zonas del campo.
A mí no me preocupa tanto que Dani Gómez o Kodro no estén a la altura. De hecho, bastante están dando para el contexto en el que juegan. El problema real está detrás. Está en una segunda línea que no ha aparecido en toda la temporada. Está en extremos, mediapuntas y acompañantes que tenían que sumar goles, desequilibrio y personalidad, y que no han dado casi nada. Ahí está una de las claves del desastre. Porque en esta categoría no te salva solo un delantero decente. Te salva un bloque que produzca, que acompañe, que amenace por dentro y por fuera. Y el Zaragoza no lo ha tenido casi nunca.
Tampoco compro que todo sea cuestión de actitud, aunque algo de eso hay. El problema es más profundo. A esta plantilla le falta carácter, sí. Le falta personalidad, también. Le falta fútbol, desde luego. Y le falta esa jerarquía que aparece cuando el partido quema, cuando el miedo aprieta y cuando toca pedirla en vez de esconderse. Eso también es actitud. No solo correr. También querer el balón, asumir riesgos, tener valor para jugar cuando de verdad pesa.
Y sin embargo, con todo eso, el Zaragoza sigue vivo. Malherido, tambaleante, sostenido casi por respiración asistida, pero vivo. Por eso no toca enterrarlo todavía. Toca asumir lo que es y pelear desde ahí. Sin cuentos, sin autoengaños excesivos, pero también sin rendirse.
La salvación no pasa por sentirse mejor de lo que uno es. Pasa por competir como si no hubiera mañana. Porque, a estas alturas, en realidad ya no lo hay.



