Más acciones, más Forcén, más de lo mismo

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Si algo ha dejado claro el mensaje de Jorge Mas es que no ha entendido la raíz del rechazo que genera esta propiedad. O quizá sí la ha entendido, pero ha decidido ignorarla. Porque anunciar, en mitad del derrumbe, que él y Juan Forcén van a incrementar su peso accionarial no tranquiliza a nadie. Al contrario: agrava la angustia.

La afición del Real Zaragoza no está pidiendo más de los mismos. No está reclamando continuidad. No está deseando que el control se concentre todavía más en quienes han conducido al club a Primera RFEF. Si de verdad alguien pensó que ese anuncio iba a ser interpretado como una muestra de compromiso, es que vive en una realidad paralela. O en un despacho demasiado lejos de Zaragoza.

El problema de fondo es que esta propiedad sigue insistiendo en el mismo discurso que hace cuatro años. Las mismas palabras, las mismas promesas, las mismas apelaciones a la cantera, a la ciudad deportiva, al futuro, a la estabilidad, a un proyecto que siempre está por llegar. Todo es inminente y nada sucede. Todo se proyecta y nada se materializa. Todo parece un prólogo eterno. Mientras tanto, el club ha ido cayendo peldaño a peldaño hasta salir del fútbol profesional.

Por eso la referencia a un posible capital aragonés suena más a cortina de humo que a apertura real. Porque a estas alturas ya nadie se cree el cuento de incorporar gente de aquí para reforzar el vínculo con el entorno si el poder efectivo sigue en las mismas manos. Meter a alguien con un porcentaje decorativo no cambia nada. Sería otro truco de escaparate, otro maquillaje de zaragocismo para tapar una estructura que seguiría siendo idéntica. Y el Real Zaragoza ya no necesita cosmética. Necesita cirugía.

El problema no es solo quién manda, sino cómo manda. Durante años se han tomado decisiones deportivas calamitosas desde arriba. Directores generales sin peso real, directores deportivos fallidos, entrenadores equivocados, mercados desastrosos, una incapacidad absoluta para detectar el rumbo del equipo y corregirlo a tiempo. El resultado no es una mala temporada. Es una degradación continuada. Por eso cuesta tanto escuchar ahora hablar de compromiso, de visión y de futuro.

La figura de Juan Forcén simboliza como pocas esa desconfianza. Su mera cercanía al club nunca ha sido inocua, y que hoy siga apareciendo como pieza central del nuevo reparto accionarial debería encender todas las alarmas. Si tras un descenso histórico la respuesta es más control de Mas y más Forcén, entonces no hay regeneración. Hay blindaje. Y eso es exactamente lo que temía buena parte del zaragocismo.

Lo más inquietante es el continuismo. Ese olor a que puede cambiar algún nombre, algún porcentaje, algún organigrama superficial, pero no el núcleo del problema. Como si el Real Zaragoza siguiera atrapado en un bucle en el que todo se mueve para que nada cambie. Y en el fútbol, cuando no cambias a tiempo, te acaba arrastrando la inercia. Eso es exactamente lo que ha ocurrido.

El club no necesita más participación de los responsables del hundimiento. Necesita menos. No necesita más relatos sobre inversión y compromiso. Necesita una ruptura real con la cadena de decisiones que lo ha traído hasta aquí. No necesita adornos aragonesistas de última hora. Necesita autoridad, competencia y verdad.

Porque lo insoportable no es solo haber caído. Lo insoportable es sospechar que, incluso después de caer, pretenden convencernos de que la solución pasa por dar todavía más poder a quienes cavaron el agujero.