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La protesta ya no puede ser simbólica

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El zaragocismo ha entrado en una fase extraña, casi agotada, en la que conviven el duelo, la vergüenza y una necesidad evidente de hacer algo antes de que se baje el telón del todo. La cuestión ya no es si hay enfado. Lo hay, y muchísimo. La cuestión es cómo convertir ese enfado en una protesta útil, una que no sirva solo para desahogarse durante un rato, sino para señalar de verdad a quienes han permitido que el Real Zaragoza se despeñe hasta salir del fútbol profesional.

Porque a estas alturas conviene dejar una cosa clara: ni los papelitos, ni el ruido habitual, ni la bronca de estadio parecen inquietar demasiado a los propietarios. Esa fase ya está superada. El club ha descendido, la camiseta está manchada y la sensación general es de hartazgo absoluto. El problema no es que falte indignación; el problema es que esa indignación corre el riesgo de dispersarse en gestos previsibles, de escaso recorrido, que quizá alivien al aficionado durante unos minutos pero no provoquen ninguna consecuencia real.

Por eso la reflexión importante no es qué protesta puede tener más eco en redes sociales o más visibilidad nacional, sino cuál puede hacer daño de verdad donde más puede doler. Y ahí aparece una idea incómoda, pero cada vez más evidente: si se quiere que algo tenga impacto, hay que señalar también a los políticos. No como una exoneración de la propiedad, sino como ampliación del foco. Porque en todo lo relacionado con el Real Zaragoza se ha instalado durante demasiado tiempo una red de complicidades, permisividad e intereses cruzados que va mucho más allá del césped. Si la presión solo cae sobre los de siempre, probablemente no pase nada. Si alcanza también a quienes desde las instituciones han acompañado, tolerado o blanqueado esta deriva, quizá entonces sí empiece a removerse algo.

El debate sobre cómo protestar demuestra, además, el estado emocional del zaragocismo. Hay quien plantea no entrar al campo. Hay quien prefiere protestar dentro. Hay quien cree que un estadio vacío ya no impresiona como antes. Hay quien apuesta por acciones más visuales, más originales, más pensadas para generar una imagen potente que pueda salir de Zaragoza y hacer ruido fuera. Todo eso forma parte de la discusión lógica de una afición herida, pero hay una idea que sobresale por encima del resto: la protesta solo tendrá recorrido si deja de ser rutina y se convierte en un mensaje incómodo para quienes todavía conservan margen de maniobra.

Porque otro de los grandes males del club es la capacidad casi infinita que tiene su entorno dirigente para seguir proyectando sin ejecutar. Todo se presenta como futuro, como plan, como reconstrucción, como reordenación, como gran hoja de ruta. Pero luego nunca llega el momento de hacer. Ahí encaja perfectamente la famosa autoentrevista de Jorge Mas, otro ejemplo de esa forma de comunicar que pretende parecer cercana, transparente y contundente, cuando en realidad transmite justo lo contrario: distancia, impostura y continuismo. La sensación que deja no es de liderazgo, sino de artificio. No da la cara quien responde por escrito a preguntas escogidas por su propio club. No asume responsabilidades quien anuncia movimientos accionariales mientras evita concretar las decisiones inmediatas que todo el zaragocismo está esperando.

De hecho, lo más inquietante del mensaje de la propiedad no es ya su retórica gastada, sino el aroma a continuidad que desprende todo. Se habla de más poder para los mismos, de más acciones para quienes ya estaban, de nuevos equilibrios accionariales que no necesariamente garantizan una mejora en la gestión. Y mientras tanto, sigue sin ponerse negro sobre blanco lo esencial: quién sale, quién entra, quién va a mandar de verdad y quién va a asumir las decisiones deportivas que han destruido al equipo. Porque si algo ha quedado claro es que el principal cáncer del Zaragoza ha estado en la cúpula que decidía sobre entrenadores, directores deportivos y rumbo futbolístico. Y si eso no cambia de raíz, lo demás será maquillaje.

La llegada de Ibai Gómez al banquillo, impulsada ya sí por un director deportivo que parece tener las llaves del área deportiva, abre una ventana distinta. No una garantía, pero sí una diferencia respecto a los últimos años: por primera vez en mucho tiempo, el entrenador parece responder a una idea de club y no a un parche improvisado o a una ocurrencia de despacho. Eso no asegura nada, pero al menos rompe una dinámica grotesca en la que casi nunca coincidían el proyecto, el banquillo y la planificación. El problema es que esa pequeña esperanza convive con una desconfianza gigantesca hacia todo lo demás. Y esa desconfianza está más que justificada.

Por eso el último partido no debería vivirse como un simple trámite ni como un ejercicio de folclore de la indignación. Tampoco como una competición por ver quién hace el gesto más llamativo. Debería ser la ocasión para mandar un mensaje claro: el zaragocismo no está dormido, pero tampoco está dispuesto a seguir siendo utilizado como decorado emocional mientras otros improvisan, prometen y se reparten el club. Protestar por protestar ya no basta. El desafío está en protestar con inteligencia, con foco y con la suficiente claridad como para que, esta vez sí, el golpe llegue donde tiene que llegar.