Aleluya, que esto se acaba

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Confieso que entiendo perfectamente ese “aleluya” con el que muchos zaragocistas afrontan ya el final de esta temporada. No es alegría. No es alivio limpio. No es resignación serena. Es agotamiento. Es la sensación de haber atravesado una tortura deportiva y emocional que ya solo puede terminar de una vez. Y eso, tratándose del Real Zaragoza, lo dice todo.

Porque una cosa es sufrir por tu equipo. Eso forma parte del fútbol. Y otra muy distinta es soportar durante meses, y especialmente durante este último tramo, una degradación tan absoluta que ya ni siquiera quedaba espacio para la intriga, la esperanza o el orgullo competitivo. El Zaragoza no ha caído peleando hasta el último día. El Zaragoza ha llegado a este final arrastrándose, consumido mucho antes de que la clasificación dictara sentencia definitiva. Y eso, para una afición como esta, es todavía más humillante.

Lo más duro no es solo el descenso. Lo más duro es todo lo que se ha sabido, lo que se ha intuido y lo que se ha acabado confirmando alrededor de un vestuario sin alma, sin cohesión y, en demasiados casos, sin respeto por el escudo ni por quienes han intentado salvarlo. A estas alturas ya no hace falta contar demasiado. Se han retratado solos. Las actitudes, los gestos, las ausencias, las desconexiones y los silencios han sido tan elocuentes que casi sobran las explicaciones.

Hay una idea especialmente dolorosa: a este grupo se le acabó la temporada en cuanto llegó el primer gran revés con David Navarro. A partir de ahí, demasiados futbolistas pusieron en marcha una cuenta atrás personal. No para salvar al Zaragoza, sino para irse. Dejaron de competir como equipo y empezaron a sobrevivir como individuos. Lo demás les dio igual. El entrenador, el club, la ciudad, la afición, la historia. Todo quedó en segundo plano frente al calendario que los separaba de su próxima salida.

Y ese es, seguramente, uno de los grandes dramas de esta plantilla. No solo su falta de calidad, que la había. No solo sus problemas físicos, que también. Sino su absoluta incapacidad para sostener una mínima estructura emocional colectiva. En cuanto apareció el conflicto, el grupo no reaccionó. Se disolvió. Algunos directamente apagaron cualquier chispa. Y así es imposible levantar a un equipo que pelea por no descender.

Lo más perverso de todo es que no hablamos de una caída repentina. Esto no ha sido un accidente. Ha sido una demolición lenta, avisada, constante. Un proceso de años que en este último mes ha adquirido un tono casi grotesco. Ya no se trataba solo de perder. Se trataba de la imagen. De la descomposición. De la sensación de abandono. De ver cómo el Zaragoza desaparecía del fútbol profesional con una mezcla insoportable de impotencia, desidia y mediocridad.

Y ahora llega el final. Por eso ese “aleluya” no es una broma. Es la reacción natural de quien ya no soporta un minuto más de esta agonía. Que se acabe. Que se cierre la persiana. Que termine esta pesadilla. Que cada uno recoja lo suyo y se marche. Porque seguir alargando este sufrimiento no tiene ningún sentido.

Luego vendrá lo importante: reconstruir. Recuperar la categoría, sí, pero antes todavía algo más básico, más urgente y más profundo: recuperar la dignidad. Porque con estos futbolistas, con estas dinámicas y con esta cultura de vestuario no había solución posible. Lo único que queda es empezar otra vez con otra gente, otro hambre y otra forma de entender lo que significa vestir esta camiseta.

Lo terrible es que el Zaragoza ha firmado con esta caída varios años más lejos de donde merece estar. No solo por el descenso. También por la inercia que deja, por el daño estructural, por la ruina deportiva y moral que hereda el próximo proyecto. El club ha normalizado durante demasiado tiempo una decadencia salvaje. Y ahora toca pagarla.

Por eso sí: aleluya. Que se acabe ya. No porque deje de doler, sino porque hay dolores que solo empiezan a curarse cuando por fin termina la herida que los sigue abriendo cada semana.