Del comunicado al ridículo: cuando ni en el dolor saben estar

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Si algo volvió a demostrar el Real Zaragoza en el día más negro de su historia reciente es que su problema no es solo deportivo. También es humano, institucional y comunicativo. Descender a Primera RFEF ya era una tragedia suficiente. Pero conseguir que, además, la reacción oficial del club indigne todavía más a la gente tiene un mérito perverso. Y eso fue exactamente lo que ocurrió con ese comunicado infame.

Había dos caminos razonables tras consumarse el descenso. El primero: callar y dejar que el golpe hablara por sí solo. El segundo: pedir perdón. Nada más. Un perdón limpio, escueto, sin maquillaje, sin autocomplacencia, sin levantar la cabeza para presumir de nada. Era tan sencillo como eso. Pero eligieron el peor camino posible: sacar pecho en mitad del velatorio.

El comunicado retrata a la perfección el problema de esta propiedad y de toda la estructura que ha gobernado el club en estos años. Ni entienden lo que representa el Real Zaragoza ni comprenden a su gente. Son incapaces de leer el momento, de calibrar el dolor y de asumir que, cuando has mandado a un gigante al barro, lo último que puedes hacer es hablar de inversiones, proyectos paralelos o futuribles como si el cadáver todavía no estuviera caliente.

El zaragocismo no necesitaba propaganda. Necesitaba arrepentimiento. No necesitaba frases huecas. Necesitaba dimisiones. No necesitaba que le contaran películas sobre el mañana. Necesitaba saber quién se iba ese mismo día por haber llevado al club hasta este abismo.

Porque aquí está otra de las claves: lo insoportable del comunicado no fue solo su tono. Fue lo que escondía. Continuismo. Autojustificación. Humo. La impresión de que quienes han hundido al Zaragoza pretenden seguir tutelando su reconstrucción. Como si el incendio lo hubieran apagado ellos y no lo hubieran provocado.

A estas alturas ya da igual si el texto lo redactó una persona, un gabinete o una inteligencia artificial. Lo grave no es quién lo escribió, sino quién lo autorizó. Y detrás de esa autorización hay una manera de entender el club que lleva cuatro años haciendo exactamente lo mismo: subestimar a la afición, sobrevalorar su propia gestión y confundir paciencia con sumisión.

El Real Zaragoza necesitaba un terremoto en su organigrama y recibió un panfleto corporativo. Necesitaba una rueda de prensa con responsables dando la cara y recibió frases vacías. Necesitaba hechos y le dieron retórica. Necesitaba cirugía y le ofrecieron colonia.

Por eso el comunicado no fue un error más. Fue una confesión. La prueba definitiva de que esta gente sigue sin entender dónde está, a quién representa y qué ha hecho. No solo han descendido al Real Zaragoza. Ni siquiera saben comportarse después de haberlo descendido.

Y eso, sinceramente, casi duele tanto como la propia caída.