El descenso también se firmó en los despachos

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El Real Zaragoza ha caído a Primera RFEF, pero sería una trampa intelectual y moral reducir este desastre únicamente a una mala plantilla, a una mala racha o a una cadena de errores deportivos. El descenso se ha consumado sobre el césped, sí, pero se empezó a redactar hace mucho tiempo en los despachos. En los despachos del club, por supuesto, pero también en los despachos políticos.

A estas alturas, escuchar a dirigentes institucionales lamentarse en redes sociales provoca una mezcla de estupor y enfado. No era el día de los mensajes de consuelo. Era el día del silencio. Porque cuando una parte de la política ha participado, facilitado o bendecido determinadas operaciones alrededor del Real Zaragoza, luego no puede comparecer como si fuera una observadora neutral del desastre.

Aquí no ha habido un accidente. Aquí ha habido un proceso. Largo, progresivo y perfectamente visible para cualquiera que quisiera mirar sin autoengañarse. El club fue perdiendo identidad, fuerza y rumbo hasta convertirse en un juguete de intereses ajenos a lo verdaderamente importante: el fútbol. Y mientras eso ocurría, desde las instituciones se compraba el relato, se impulsaban operaciones, se acompañaban planes y se alimentaba una estructura que no tenía como prioridad devolver al Zaragoza a donde merecía, sino otra cosa.

La sensación cada vez más extendida es que al Real Zaragoza se le ha tratado más como una pieza de urbanismo, de influencia o de negocio que como a un club de fútbol. Y eso es devastador. Porque cuando el equipo deja de ser el centro y se convierte en instrumento, el desenlace suele ser este: una entidad histórica arrastrándose por Segunda hasta desaparecer del fútbol profesional.

A mí no me sirve que ahora se repartan mensajes de ánimo desde todos los colores políticos. No me sirve porque todos quieren acompañar en el duelo, pero muy pocos quieren asumir su parte en el origen del problema. Y la tienen. Unos por acción, otros por omisión, otros por haber preferido determinados interlocutores, determinadas alianzas y determinadas operaciones antes que proteger de verdad al club más importante de Aragón.

Tampoco compro el argumento de que “llevábamos 14 años así”. No. No es verdad. El club llevaba muchos años lejos de donde debía, pero no siempre estuvo en las mismas manos ni bajo la misma lógica. Hubo etapas mejores, peores, equivocadas, ineficaces o frustradas. Pero lo de ahora ha sido distinto: una degradación total, una caída institucional, emocional y deportiva hasta alcanzar un suelo que muchos intuían y nadie quiso frenar a tiempo.

Y eso es lo más duro de todo: no nos ha traído hasta aquí una sola mala decisión, sino una suma de complicidades, torpezas e intereses cruzados. El resultado está ahí. Una ciudad como Zaragoza, una afición como esta y una historia como la de este escudo se quedan fuera del fútbol profesional. Y eso no es solo un fracaso deportivo. Es también un fracaso político e institucional.