El Zaragoza sigue vivo, pero vive agarrado a una precariedad insoportable

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La sensación que deja ahora mismo el Real Zaragoza es muy extraña. Sigue vivo, sí. Tiene pulso, también. Pero respira con una fragilidad tan grande que cualquier contratiempo parece suficiente para tirarlo otra vez a la lona. Y eso, más que esperanza, lo que transmite es la dimensión real del desastre que se ha construido durante toda la temporada.

A mí no me sorprende que sigamos siendo relativamente optimistas. En esta Segunda tan mala, tan igualada por abajo y tan llena de equipos empeñados en no cerrar la salvación, todavía hay margen. El descenso parece más barato de lo que apuntaba hace unas semanas. Y eso mantiene al Zaragoza con opciones. Pero una cosa es tener opciones y otra muy distinta merecer aprovecharlas. Ahí está la clave.

Porque el problema del Zaragoza no es solo que pierda partidos decisivos. El problema es que ha llegado a abril dependiendo de futbolistas que, en una plantilla medianamente seria, jamás deberían ser tan determinantes. Y eso retrata por completo cómo se ha construido este equipo. Que hoy estemos pendientes de si llega o no Keidi Bare, de si Robert puede forzar o de si Francho vuelve a medio gas ya dice bastante de la pobreza estructural de esta plantilla.

No porque Keidi sea un fenómeno, que no lo es. No porque sea un centrocampista diferencial, que tampoco. Sino porque el resto está todavía por debajo. Y ese es el drama. Hemos perdido tanto la perspectiva que ahora parece que nos jugamos la vida si falta un jugador del montón. Y claro, si tu estabilidad depende de eso, es que el problema no está en la lesión: está en todo lo que has hecho antes.

El Zaragoza vive atrapado en una plantilla ramplona, mal pensada, con demasiados jugadores inservibles y con una planificación que fue un desastre en verano y que en invierno solo sirvió para tapar parcialmente el agujero. Menos mal que llegaron Robert, Larios o El Yamiq, porque si no esto ya estaría liquidado. Pero precisamente que hayan tenido que venir a rescatar al equipo en enero explica hasta qué punto el origen del problema estaba antes.

Aun así, también creo que David Navarro le ha sacado a este grupo bastante más de lo que realmente tiene. Durante unas semanas consiguió inflar el rendimiento, el ánimo y hasta la fe de todos. Pero ningún entrenador puede vivir eternamente de la sobreexcitación. Al final, la plantilla te devuelve a tu sitio. Y el Zaragoza, por mucho que compita mejor que hace meses, sigue siendo un equipo muy corto, muy irregular y muy dependiente de piezas que deberían ser perfectamente sustituibles.

Eso sí: sigue habiendo una oportunidad. No por méritos propios incontestables, sino porque la competencia también da pena. Cádiz, Valladolid, Leganés o quien toque tampoco están para presumir. Esa es la única gran verdad que sostiene ahora al Zaragoza: no está bien, pero los demás tampoco.

Y con eso, en esta liga de paquetes, todavía puede alcanzarte. El problema es que ya no hay margen para más autoengaños. Ahora hay que ganar. Aunque sea mal. Aunque sea sufriendo. Aunque sea agarrado a la precariedad. Pero ganar. Porque el Zaragoza ya no está para crecer: está para sobrevivir.