Juan Larios da la cara tras el ridículo en Andorra

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La derrota del Real Zaragoza en Andorra (2-1) dejó al equipo de nuevo en el peor lugar posible: el último puesto y una sensación de caída libre que, más allá de la clasificación, empieza a instalarse en el imaginario colectivo como un descenso inevitable. En ese contexto, las palabras posteriores al partido de Juan Larios han generado una ola de críticas. No tanto por el contenido —bastante alineado con lo que vio cualquiera— sino por una cuestión simbólica: que haya salido a hablar un futbolista llegado hace apenas un mes mientras el zaragocismo echa de menos la voz de los capitanes o de un peso pesado del vestuario.

Larios, lateral incorporado en este mercado de invierno, no se escondió. Fue directo con la primera parte: “La primera parte sinceramente no se puede volver a repetir”, advirtió, recordando que “energía nunca puede faltar y menos llevando este escudo”. Y ahí, en el mensaje, hay poco que discutir: el Zaragoza salió mal, tarde, sin mordiente, y concedió el partido demasiado pronto.

El propio Larios señaló lo que para él debe ser el camino, incluso en inferioridad: “el camino es como los últimos 30 minutos, con uno menos, el equipo ha peleado, ha ganado duelos, ha estado en el área contraria”. Su tesis es clara: el Zaragoza no puede vivir de arreones finales, “no se puede esperar a ganar los partidos en los últimos 30… hay que empezar a competir desde el minuto 1”.

Hasta ahí, un discurso reconocible, casi inevitable. El problema es otro: ¿por qué lo está verbalizando él?

El debate no es lo que dice: es quién lo dice

La crítica que se ha instalado alrededor de su comparecencia no se centra en que Larios haya estado desafortunado. De hecho, su tono fue incluso autocrítico y realista. El foco está en la imagen que proyecta el club: en un día de máxima gravedad deportiva e institucional, el que aparece ante los micrófonos es un recién llegado.

Y eso abre un interrogante incómodo: si el Zaragoza está en una situación límite, ¿dónde están los referentes? ¿Dónde están los capitanes, los veteranos, los que llevan tiempo entendiendo el peso de lo que significa este escudo? Que salga Larios puede interpretarse como un gesto de valentía individual, sí, pero también como un síntoma de un vestuario sin jerarquías comunicativas o, peor, un vestuario que evita exponerse cuando el golpe es más duro.

En resumen: a Larios se le escucha… pero se echa de menos a los demás.

“Dos caminos”: radiografía emocional de un equipo tocado

Preguntado por si detecta un carácter derrotista en el grupo —tal y como deslizó el entrenador—, Larios ofreció una lectura muy gráfica del momento: “cuando tú estás en una situación complicada y te pegan una hostia tienes dos caminos: o te hundes un poco más o sacas el corazón”. Y añadió una frase que retrata la primera parte en Andorra con crudeza: “nos han pegado la hostia y hemos seguido hundidos”.

Esa idea conecta con lo que muchos ven desde fuera: un Zaragoza frágil, que encaja un golpe y tarda demasiado en levantarse, o no se levanta. También explica por qué el tramo final, con todo perdido, parece más competitivo: cuando el equipo ya no tiene nada que proteger, se suelta; cuando aún tiene que sostener el partido, se encoge.

El descanso, el “2-0 engañoso” y el orgullo con diez

Larios explicó el vestuario al descanso con una imagen sencilla: “nos hemos mirado las caras”, y tiró del tópico —pero útil— del “2-0 probablemente el resultado más engañoso del fútbol”. En su relato, el plan era apretar, meterse en el partido con un gol y aprovechar las dudas del rival. La expulsión complicó todo, pero él destacó una parte positiva en medio del desastre: “estoy orgulloso de cómo el equipo ha respondido a quedarse con 10”.

Ese orgullo, sin embargo, llega tarde. Y él mismo lo asume: “es inaceptable” el inicio, “el primer tercio del partido”. Otra vez, contenido correcto. Otra vez, el debate es la puesta en escena: ¿por qué no lo dice un capitán?

Árbitros, afición y el intento de cerrar filas

Sobre el arbitraje, evitó cargar la mano: “si hablamos de los árbitros demasiado podemos salir perjudicados”, aunque admitió una sensación que se repite en el entorno: “parece que no nos va a ir de nuestro lado”. Aun así, se aferró a un mensaje de responsabilidad: “pero no hay ninguna excusa”.

También dedicó palabras a la grada, agradeciendo el apoyo y pidiendo sostén emocional en lo que queda: “que estén con nosotros los 90 minutos… yo les agradezco lo que han hecho hoy por nosotros”, asumiendo además el peaje inevitable: “aceptamos las críticas porque no hemos estado bien”.

Y cerró con un mensaje de respaldo al entrenador que, en este momento, también es pólvora: “yo estoy con el míster y el grupo está con el míster… al 100%”.

Las palabras de de Juan Larios dejan una paradoja: dice lo que muchos querían escuchar (autocrítica, exigencia, actitud, competir desde el minuto uno), pero lo dice quien menos debería estar obligado a hacerlo por jerarquía y peso simbólico.

En un club normal, en un vestuario estable, la cara tras un partido así la dan los capitanes. Y si no la dan, se interpreta como ausencia de liderazgo, como desorden interno o como desconexión con el momento. Ninguna de las tres lecturas ayuda al Zaragoza.

Por eso la polémica no va de Larios. Va de lo que su presencia ante los micrófonos refleja: que el Zaragoza está tan roto que incluso la representación pública parece improvisada. Y, en el contexto actual, la improvisación ya no se tolera. Porque la clasificación aprieta, el calendario corre y el zaragocismo empieza a sentir que no está viendo una mala racha, está viendo el final de un ciclo.