No hace falta tener 94 años para afirmar que estamos ante el peor momento de la historia del Real Zaragoza. Basta con tener memoria. Basta con haber visto Palamós. Basta con haber sufrido descensos, concursos, temporadas agónicas. Y aun así, lo de ahora es distinto. Es más profundo. Más estructural. Más peligroso.
Porque no es solo una crisis deportiva. Es una crisis sin paliativos y, lo que es más inquietante, sin reacción. Han pasado dos días desde la vergüenza de Andorra… y no ha pasado nada. Ni decisiones. Ni explicaciones. Ni responsabilidades. Solo reuniones telemáticas, silencio administrativo y esa sensación de que el club se gestiona desde la distancia, como si no estuviera ardiendo.
Lo de la primera parte en Andorra es imperdonable. Y conviene subrayarlo: imperdonable también para la plantilla. Porque sí, el desastre institucional explica el contexto, pero no justifica la actitud. Aquellos 45 minutos en el partido que te jugabas la vida son de esos que quedan grabados en la memoria colectiva, como Palamós. Como esos días en los que el zaragocismo sintió que algo se rompía por dentro.
¿Podemos caer más bajo? Por supuesto. Este club siempre ha demostrado que el límite de la indecencia es elástico. Después de Palamós nadie pensaba que viviríamos algo comparable. Y aquí estamos. El problema no es solo el resultado: es la sensación de abandono, de dejadez, de jugadores que no transmiten ni orgullo ni rebeldía.
Pero aun así, lo verdaderamente demoledor no fue solo lo que pasó en el césped. Fue lo que no pasó después.
Indignidad institucional: el problema es estructural
La palabra “indignidad” ya no se puede limitar a lo deportivo. Lo institucional roza lo obsceno. Todo es lento, todo es burocrático, todo depende de consensos entre piezas de un entramado que nadie entiende y que responde a intereses que no parecen ser los del Real Zaragoza.
Y aquí es donde hay que mirar más arriba.
La propiedad vino por el estadio. A estas alturas negarlo es ingenuo. El fútbol era el vehículo; el ladrillo, el destino. Cuando el club incumplió el primer pago comprometido en la sociedad de la Nueva Romareda, existía una cláusula que permitía a los otros socios expulsarlo y quedarse con su parte en condiciones favorables. Era la oportunidad de cortar. No se hizo.
¿Por qué? Esa es la pregunta incómoda.
Si a esta propiedad le quitas el estadio, el negocio se esfuma. Sin el caramelo inmobiliario, ¿habrían seguido? ¿Habrían vendido? ¿Habrían salido? Nunca lo sabremos. Pero lo que sí sabemos es que se les mantuvo. Y el resultado está a la vista.
Esto no es bajar y subir: el abismo económico
Hay quien todavía se aferra a la idea de que descender a Primera RFEF es “un año malo” y ya está. Una especie de purgatorio breve antes de regresar. Es un error gravísimo. El Zaragoza no es un club saneado esperando un tropiezo deportivo. Es un club con un concurso pendiente, con obligaciones diferidas que algún día habrá que pagar.
Cinco años en Primera RFEF pueden ser letales. No es dramatismo: es aritmética. Si el concurso se reactiva en un contexto de ingresos reducidos, hablar de disolución deja de ser un ejercicio de ficción.
No estamos ante un simple descenso. Estamos ante una posible ruptura estructural.
El modelo: ladrillo antes que fútbol
Aquí hay una confusión de base. El fútbol no es una cadena de papelerías. No es un negocio donde primero construyes la tienda y luego vendes el producto. En el fútbol, el producto es el equipo. Lo deportivo sostiene lo institucional. Si inviertes el orden, si priorizas el estadio sobre la plantilla, si piensas que el prestigio se compra con renderizados, te equivocas.
El fútbol es identidad, gestión deportiva, conocimiento del medio. Y aquí hay una evidencia dolorosa: quien manda no sabe de fútbol o no vive el fútbol. No pisa la ciudad, no respira la presión, no siente el desgaste. El contraste con otros propietarios discutidos pero presentes, como Martín Presa en el Rayo —que vive el día a día y entiende el producto que gestiona— es elocuente.
Aquí no hay liderazgo visible. Solo estructuras opacas.
La sorpresa tardía
Lo más desconcertante no es el desastre. Es que haya quien se sorprenda ahora. Durante años se ha advertido del rumbo, del perfil de quienes estaban detrás, del entramado de intereses cruzados, del peso del Atlético de Madrid y de figuras vinculadas al ladrillo. Durante años se despreció esa lectura como conspiranoia.
Hoy, cuando hasta medios que antes callaban empiezan a hablar, la pregunta no es “qué ha pasado”, sino por qué se ha tardado tanto en querer verlo.
No hay peor ciego que el que no quiere ver.
El punto de no retorno
A día de hoy, este es el peor momento de nuestra historia. Puede que haya otros aún peores en el futuro. Con este club nunca se sabe. Pero ahora mismo la sensación es la de un equipo descompuesto, una institución sin rumbo y una propiedad cuyo interés principal nunca fue el balón.
El Real Zaragoza no solo pierde partidos. Está perdiendo dignidad, estructura y credibilidad. Y lo más grave no es caer. Lo más grave es caer sin que nadie parezca dispuesto a asumir responsabilidades reales.
Porque cuando el problema es sistémico, cambiar entrenadores o discutir alineaciones es cosmética.
Y el zaragocismo ya no necesita maquillaje. Necesita una reconstrucción completa.






