El Zaragoza de los nuestros… pese a la propiedad

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La victoria del Real Zaragoza en Cádiz fue mucho más que tres puntos. Fue, sobre todo, un pequeño acto de rebeldía contra la lógica de los últimos años. Contra una decadencia que no es casualidad, sino consecuencia directa de una gestión que ha llevado al club al borde del fútbol no profesional.

Porque conviene no olvidarlo: si hoy el Zaragoza celebra una victoria para seguir vivo en la lucha por no descender a Primera Federación es precisamente por las decisiones que se han tomado en los despachos durante demasiado tiempo. Decisiones erróneas, cambios constantes, proyectos fallidos y una sensación permanente de improvisación que han arrastrado a una institución histórica a una situación límite.

Hace años nadie habría imaginado que el objetivo del Zaragoza a falta de trece jornadas sería simplemente no caer al fútbol no profesional. Sin embargo, aquí estamos. Y no es una casualidad. Es el resultado de una deriva que empezó hace tiempo y que ha tenido a la propiedad más pendiente de otros intereses que de construir un proyecto deportivo sólido.

Por eso la victoria del viernes tiene también un componente simbólico. Porque llega justo cuando el club ha decidido volver a mirar hacia casa. En el banquillo está David Navarro, en la dirección deportiva Lalo Arantegui, en el cuerpo técnico gente que conoce el club, la ciudad y lo que significa el Zaragoza para su afición.

No es una cuestión sentimental ni romántica. Es una cuestión de sentido común.

Cuando quienes dirigen el equipo sienten el club, las decisiones suelen ser más coherentes. No hace falta un análisis táctico complejo para entender qué futbolistas pueden aportar más o qué planteamientos no funcionan. Durante meses hemos visto alineaciones incomprensibles, jugadores fuera de posición o apuestas que cualquier aficionado que sigue al Zaragoza semana tras semana sabía que no iban a salir bien.

Por eso el efecto del cambio ha sido inmediato. No porque David Navarro sea un entrenador milagroso —él mismo lo reconoce—, sino porque ha devuelto algo que el Zaragoza había perdido: identidad.

El equipo del viernes fue un Zaragoza reconocible. Un bloque solidario, competitivo, comprometido. Un equipo que pelea cada balón y que entiende que en esta situación solo hay una manera de competir: con el corazón en la mano.

Eso es lo mínimo que exige esta afición.

Una afición que, por cierto, sigue siendo la gran víctima de esta historia. Porque cuando todo esto pase —si el Zaragoza consigue salvarse— los dirigentes seguirán en sus despachos y muchos jugadores continuarán sus carreras en otros equipos. Pero los aficionados seguirán aquí. Como siempre.

Por eso el viernes Zaragoza volvió a sonreír un poco. Porque, por primera vez en mucho tiempo, el equipo transmitió algo más que fútbol. Transmitió pertenencia.

Ahora bien, conviene no engañarse. Una victoria no cambia la realidad.

El Zaragoza sigue último. La permanencia sigue siendo un desafío enorme. Y el daño que se ha hecho al club durante estos años no desaparece con noventa minutos de buen fútbol.

Pero al menos ahora existe algo que parecía perdido: esperanza.

Y esa esperanza se apoya en algo muy simple.

Que, por fin, el Zaragoza vuelve a estar en manos de gente que lo siente.

Aunque sea a pesar de la propiedad que lo ha llevado hasta aquí.