Paul Akouokou ha vuelto a entrenarse con el grupo, una noticia que, en cualquier contexto normal, podría interpretarse como un refuerzo para el tramo final de temporada. Pero en el actual Real Zaragoza la sensación es muy distinta. Su regreso llega tarde, en un momento crítico, con el equipo ahogado en la clasificación y con una desconfianza absoluta instalada alrededor de su figura.
Porque la realidad es que Akouokou no transmite ninguna garantía. Ni por estado de forma, ni por continuidad, ni por implicación, ni por lo que ha representado durante toda la temporada. A estas alturas, su vuelta no suena a solución, sino a uno de tantos episodios absurdos de una plantilla construida sin lógica, sin equilibrio y con demasiados futbolistas que han aportado poco o nada cuando el equipo más los necesitaba.
Su nombre se ha convertido casi en un símbolo del desastre. El Zaragoza ha necesitado durante meses centrocampistas fiables, carácter, oficio, gente preparada para sostener partidos y competir en el barro. Y Akouokou no ha estado. Por unas razones o por otras, su paso por la temporada zaragocista ha sido irrelevante. De ahí que ahora, a falta de cinco jornadas, pensar en él como posible recurso suene a huida hacia ninguna parte.
Lo razonable, incluso aunque estuviera en plenitud física, sería no darle un solo minuto más de aquí a final de curso. No por castigo, sino por pura lógica competitiva. No hay tiempo para recuperar futbolistas desconectados. No hay margen para experimentos. No hay espacio para volver a confiar en alguien que no ha demostrado ser fiable ni comprometido en el momento decisivo. El Zaragoza no necesita ahora nombres reciclados. Necesita certezas.
Y Akouokou no lo es.
Lo que resulta todavía más significativo es que su reaparición ni siquiera genera debate real. Nadie ve en él un posible impulso. Nadie lo espera como si regresara un jugador diferencial. Su vuelta tiene la misma trascendencia que tantas otras noticias que han pasado por esta temporada sin cambiar absolutamente nada. Se ha instalado la idea de que es un futbolista ajeno al presente del equipo, alguien desconectado del drama deportivo de un club que necesitaba soluciones y solo ha recibido contratiempos.
En ese sentido, el caso Akouokou encaja perfectamente en la peor fotografía de este Zaragoza: una plantilla larguísima, llena de fichas, pero escasísima de recursos reales. Una plantilla en la que sobran nombres y faltan futbolistas. Una plantilla que obliga a mirar al filial y a chicos en formación mientras algunos veteranos o supuestos refuerzos siguen siendo una sombra. Y eso, más que un problema puntual, es el retrato de una planificación desastrosa.
Porque mientras Akouokou reaparece como si todavía hubiera algo que esperar de él, el equipo sigue dependiendo de jóvenes como Lucas Terrer, de apuestas verdes como Mawuli o Seidu, de futbolistas que probablemente podrían tener sitio en un proyecto serio a medio plazo, pero no en una batalla agónica por sobrevivir en Segunda. Esa es la gran tragedia: se ha llevado al límite a chavales que deberían crecer poco a poco mientras otros, llamados a sostener el proyecto, se han borrado o simplemente no han estado.
A estas alturas, además, cuesta creer que ni David Navarro ni su cuerpo técnico contemplen de verdad a Akouokou como una pieza útil para lo que queda. Porque si algo saben perfectamente quienes están ahora mismo dentro del vestuario es quién ha estado y quién no. Y también quién está para competir una final y quién no merece un minuto más con esta camiseta. En un contexto tan extremo, el margen para la indulgencia desaparece.
Por eso, la noticia de su vuelta no debería abrir ninguna puerta. Al revés: debería servir para confirmar una evidencia. Que el Zaragoza ha llegado a este punto arrastrando demasiados lastres. Que ha sostenido durante demasiado tiempo a futbolistas que no han dado nivel, continuidad ni compromiso. Y que si acaba salvándose, no será gracias a regresos tardíos como este, sino a los pocos que todavía siguen tirando del carro.
Paul Akouokou ha vuelto a entrenar. Bien. Pero la verdadera pregunta no es si está disponible. La verdadera pregunta es si alguien, a estas alturas, puede confiar en él.
Y la respuesta parece bastante clara: No.



