Ganar por deber, no por esperanza

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Mañana juega el Real Zaragoza. Conviene recordarlo porque, entre sanciones, incendios, comunicados, ruedas de prensa y polémicas arbitrales, casi parece que el partido contra el Granada hubiera quedado en segundo plano. Y no. No hay nada por encima de ese encuentro. Nada. Ni el ruido de la semana, ni el morbo del último escándalo, ni los cálculos del Cádiz, ni las cuentas del descenso. El Zaragoza se juega mañana algo más que tres puntos: se juega la poca dignidad competitiva que le queda.

Da la sensación de que el partido se ha echado encima. Como si todo el mundo hubiese vivido estos días con mentalidad de puente, como si el viernes no fuera uno de esos días que pueden dejar al club definitivamente al borde del abismo. Y eso ya es preocupante. Porque si fuera del vestuario se ha hablado poco de fútbol, dentro no hay excusa posible para no tenerlo clarísimo: mañana hay que ganar. No por épica. No por romanticismo. No por fe. Por obligación.

A estas alturas ya no compro discursos motivacionales. Tampoco frases grandilocuentes. Ni el “vamos a pelear”, ni el “quedan finales”, ni el “mientras haya vida”. Todo eso ya suena hueco. El problema del Zaragoza no es de palabras. Es de hechos. De rendimiento. De actitud. De profesionalidad. Y de una plantilla que lleva toda la temporada demostrando que le cuesta una barbaridad sostener la exigencia mínima que reclama una camiseta como esta.

Porque una cosa es la falta de calidad, que ya la conocemos todos, y otra muy distinta la falta de compromiso competitivo. Y eso sí es imperdonable. Se puede perdonar a un futbolista que no tenga nivel para marcar diferencias. Lo que no se puede perdonar es que no compita como si le fuera la vida en ello. Y eso se ha visto demasiadas veces este año. Con distintos entrenadores. Con distintos sistemas. Con distintos discursos. Siempre aparece el mismo mal: un equipo blando, dubitativo, temeroso, a veces directamente ausente.

Por eso mañana no se trata de salvarse. Ni siquiera se trata primero de mirar la clasificación. Se trata de salir al campo y comportarse como futbolistas profesionales del Real Zaragoza. Luego ya veremos si da o no da, si el Cádiz pincha, si el Mirandés cae, si el Huesca se deja puntos. Pero antes de mirar a los demás hay que mirarse al espejo. Y el espejo del Zaragoza devuelve una imagen durísima: un club roto, una plantilla mal construida y un vestuario lleno de contratos cortos, cesiones y futbolistas que llevan demasiado tiempo pensando más en su próximo destino que en el incendio que dejan detrás.

Ese es uno de los grandes pecados del proyecto. Se advirtió en verano y se está pagando ahora. Hacer una plantilla de paso, con demasiados contratos de un año, en una temporada en la que el peor escenario era perfectamente posible, fue una temeridad. Llegado abril, ¿quién tira del carro? ¿Quién se ata de verdad al escudo? ¿Quién siente que su futuro inmediato depende de sacar esto adelante? Muy pocos. Demasiado pocos. Y así es imposible construir una reacción sólida.

Luego están los jóvenes, claro. Los chavales. Los que están sosteniendo como pueden parte del derrumbe. Pero tampoco se puede cargar sobre ellos una responsabilidad que no les corresponde. No puede depender todo de chicos en formación mientras los veteranos no dan el paso al frente. No puede ser que el Zaragoza llegue a este punto con media plantilla fuera de combate, otra media descomprometida y el filial desangrado para tapar agujeros del primer equipo. Eso no es un proyecto. Eso es supervivencia mal gestionada.

Y aun así, aquí seguimos. Porque el fútbol tiene estas perversiones. Puedes hacerlo casi todo mal y seguir con opciones. Puedes encadenar semanas deplorables y continuar vivo porque los de abajo compiten por ver quién es peor. Puedes no merecer salvarte y todavía tener la puerta entreabierta. Pero que la puerta siga abierta no significa que vayas a cruzarla. Para hacerlo hay que querer. Hay que creer. Hay que competir. Hay que imponerse al miedo, a la ansiedad y al cansancio mental. Y, sobre todo, hay que dejar de esconderse.

Mañana el Zaragoza tiene que ganar por deber. No por ilusión. No por relato. No por aferrarse a una carambola clasificatoria. Tiene que ganar porque ya no le queda nada más. Porque un equipo así, después de un mes desperdiciando oportunidades, ya no puede pedir comprensión: tiene que ofrecer respuesta. Porque perder sería algo más que otro golpe; sería aceptar que el descenso ya no es una amenaza, sino una consecuencia lógica.

Y si no son capaces de ganar mañana, entonces que nadie vuelva a hablar de finales, ni de milagros, ni de que aún queda tiempo. Porque tiempo ha habido. Oportunidades también. Lo que ha faltado, demasiadas veces, ha sido estar a la altura.

Mañana no hace falta un gran partido. Hace falta un equipo con vergüenza.