El Real Zaragoza volvió a fallarse a sí mismo en otra tarde decisiva. Empató 2-2 ante la AD Ceuta en el Ibercaja Estadio, pero el resultado casi es lo de menos. Lo verdaderamente grave fue la imagen. El equipo de David Navarro firmó una primera parte pésima, jugó con una ansiedad impropia de un equipo que se está jugando la vida y ni siquiera fue capaz de ganar a un rival que actuó sin forzar la máquina y que jugó buena parte del segundo tiempo con un hombre menos. Así, sencillamente, no se va a ninguna parte.
El Zaragoza salió al partido con más nervios que fútbol. Desde el inicio se vio a un equipo desordenado, precipitado y muy lejos de transmitir la sensación de urgencia que exigía el momento. Es cierto que tuvo alguna aproximación, como un remate de Rober que obligó a intervenir al portero ceutí en el minuto 10, pero el Ceuta dio la impresión de controlar el encuentro con una tranquilidad insultante.
El equipo visitante, sin grandes alardes y sin asumir riesgos excesivos, fue encontrando espacios con demasiada facilidad. Marino Illescas ya había avisado con un disparo a la escuadra en el minuto 6 y Konrad de la Fuente empezó a dejar claro que iba a ser un dolor de cabeza constante. El Zaragoza cometía faltas evitables, no tenía continuidad con balón y se partía con demasiada facilidad.
El castigo llegó en el minuto 32. Anuar Tuhami puso un centro preciso y Konrad de la Fuente cabeceó a la escuadra para firmar el 0-1. El gol retrató varias de las miserias del equipo aragonés: blandura defensiva, falta de tensión y una pasividad desconcertante para un partido de semejante importancia. El Ceuta se adelantaba sin necesidad de someter al Zaragoza, simplemente siendo un equipo más serio, más ordenado y bastante más claro de ideas.
Lo más inquietante del primer tiempo no fue solo el resultado, sino la sensación de inferioridad emocional y futbolística. David Navarro se vio obligado a mover el banquillo antes del descanso. En apenas dos minutos retiró a Aguirregabiria, Keidi Bare y Hugo Pinilla para dar entrada a Juan Sebastián, Mawuli y Kenan Kodro. El cambio de triple pieza en pleno primer tiempo fue una enmienda a la totalidad al planteamiento inicial y una confesión tácita de que el partido se había torcido mucho antes del descanso.
Y, aun así, el Zaragoza pudo irse al intermedio con empate. En el añadido, Kodro remató al larguero de cabeza tras un buen centro de Rober. Fue un aviso de que, incluso jugando mal, el equipo podía meterse en el partido si lograba vivir un poco más cerca del área rival.
La segunda parte arrancó con otro episodio clave. Yago Cantero vio inicialmente la roja, pero el VAR corrigió la decisión y el Ceuta siguió con diez durante apenas un suspiro reglamentario, porque la expulsión fue revocada. Pese a ello, el Zaragoza encontró más espacios y, sobre todo, más empuje. No fue una gran reacción desde el juego, sino más bien una acumulación de ataques, centros y segundas jugadas.
El 1-1 llegó en el minuto 57. Francho Serrano lanzó la transición y Rober González, con un zurdazo desde fuera del área, batió al portero para devolver algo de esperanza al Zaragoza. Ahí sí pareció abrirse un escenario más favorable para el conjunto blanquillo, que empezó a asediar el área del Ceuta.
Kodro rozó el gol en varias ocasiones, Mawuli tuvo una clarísima de cabeza, Dani Gómez perdonó otra muy buena y el Zaragoza fue cargando el partido de remates, córners y centros laterales. No jugaba bien, pero al menos empujaba. El Ceuta, por su parte, seguía sin exprimirse del todo, defendiendo con más orden que sufrimiento.
La remontada pareció consumarse en el minuto 85, cuando Dani Gómez transformó un penalti señalado por mano de José Matos tras revisión del VAR. El 2-1 parecía abrir por fin la puerta a una victoria imprescindible. Pero este Zaragoza tiene un problema de fondo: no sabe sostener nada.
Y volvió a demostrarlo enseguida. Apenas cuatro minutos después, en el 89, el Ceuta empató en un saque de esquina. José Campaña puso el balón al área y Marcos Fernández, completamente libre de tensión competitiva, remató a quemarropa para el 2-2. Otra vez el Zaragoza se desplomaba en un momento decisivo. Otra vez el balón parado, otra vez la sensación de equipo incapaz de proteger lo que tiene.
El añadido, interminable con once minutos, dejó más ruido que fútbol. El Zaragoza apretó por acumulación, con cabezazos de El Yamiq y Cuenca, con disparos lejanos de Dani Gómez y con más centros desesperados que juego real. Pero ya era tarde. El empate sabía a derrota, y con razón.
Porque no se puede vender como una reacción heroica lo que en realidad fue otro ejercicio de impotencia. El Ceuta jugó con naturalidad, sin una exigencia clasificatoria comparable y sin necesidad de exprimirse. El Zaragoza, en cambio, tenía una final y no supo jugarla. La primera parte fue impropia de un equipo que se juega la permanencia. La segunda, aunque más voluntariosa, estuvo marcada por la falta de calidad, por la ansiedad y por un portero visitante que, sin hacer un partido legendario, sí respondió mejor que el Zaragoza en sus momentos de verdad. Y el meta blanquillo, una vez más, transmitió muy poca seguridad en acciones decisivas.
Este empate deja una conclusión incómoda pero inevitable: el Zaragoza ya no puede agarrarse ni al calendario, ni a las cuentas, ni a la épica. Si ante un Ceuta relajado y con uno menos a ratos no eres capaz de ganar, el problema ya no es la presión. El problema es mucho más profundo. Es de nivel, de oficio, de personalidad y de juego.
Así no se va a ninguna parte.






