Lo más tremendo de esta temporada del Real Zaragoza es que, a pesar de todo, seguimos mirando resultados ajenos con la esperanza infantil de que ocurra otro pequeño milagro. Ayer todo el zaragocismo estaba pendiente del Mirandés en Riazor. ¿Por qué? Porque en el fondo seguimos queriendo creer. Seguimos esperando que la combinación imposible nos vuelva a dejar con vida una semana más. Y eso, en el fondo, retrata perfectamente lo que somos ahora mismo: un equipo al que no le da por fútbol, no le da por sensaciones, no le da por juego… pero al que la categoría, de puro mala que es por abajo, todavía le sigue dando aire.
Ese es el autoengaño.
Lo dijo David Navarro con una crudeza notable: los números dan, pero las sensaciones no. Y tiene razón. El Zaragoza sigue vivo en la tabla, sí, pero sobre el campo hace ya demasiado tiempo que no parece un equipo capaz de salvarse. Lo que está pasando en la zona baja de la clasificación es grotesco. Pierden todos. Cádiz, Valladolid, Huesca, Mirandés, Cultural, Real Sociedad B… todos se empeñan en mantener abierta una puerta que el Zaragoza tampoco quiere cruzar. Y en medio de ese paisaje de ruina compartida, el Zaragoza empata en casa con un Ceuta con uno menos y aún hay quien se consuela porque se ha recortado un punto.
Eso no es esperanza. Eso es consuelo de tontos.
Porque el partido del Ceuta era para ganarlo. Y no ganarlo cambia por completo el estado de ánimo, la lectura y hasta la jerarquía de la pelea. Estar hoy a tres puntos no es lo mismo que estar a uno. No es lo mismo llegar a Huesca pensando que estás encima que llegar sabiendo que sigues necesitando casi un milagro. La oportunidad era enorme y se volvió a tirar. Otra más.
Y en medio de todo esto, el Zaragoza sigue generando incendios donde menos los necesita. Lo de Keidi Bare, si de verdad pidió disculpas a David Navarro, está muy bien, pero a mí no me basta. Si la afrenta fue pública, la rectificación también debería haberlo sido. No hace falta montar un teatro, pero sí salir, dar la cara y decir: me equivoqué, le pedí perdón al míster y punto. Lo demás son remiendos a medias. Ya hay demasiado ruido como para dejar las cosas a medio aclarar.
Y luego está el asunto de Hugo Pinilla, que me parece todavía más delicado. Aquí sí creo que se está siendo profundamente injusto. No se puede poner al mismo nivel de responsabilidad a Pinilla y a Aguirregabiria. No se puede. Uno es un chico que está empezando a andar en el fútbol profesional. El otro es un futbolista curtido, veterano, con recorrido, con galones y con una obligación competitiva infinitamente mayor. Pinilla es un crío. Literalmente. A veces se nos olvida porque lo vemos con la camiseta del primer equipo y pensamos que ya tiene que responder como un veterano de Segunda. Pero no. Está en primero de fútbol. Está aprendiendo sobre la marcha, y además en un contexto tóxico, asfixiante y brutal.
Que se vaya llorando después de un cambio no me preocupa. Al contrario: me habla de implicación, de dolor, de zaragocismo, de sentir que ha fallado aunque seguramente no tenga ni de lejos toda esa culpa. Me preocupa mucho más quien sale andando, quien no baja, quien juega con una suficiencia absurda o quien transmite que esto le importa bastante menos de lo que debería.
Por eso el partido de Huesca me parece un partido de veteranos, de gente curtida, de jugadores con poso. No de muchachos a los que se les pide que sostengan el mundo sobre los hombros. A Pinilla, a Cuenca, a Terrer, a los chavales del filial, bastante les está tocando ya con sostener el primer equipo mientras el Deportivo Aragón se ha ido al pozo porque le han vaciado media plantilla durante todo el año. También ahí hay otro fracaso estructural del club del que casi nadie quiere hablar.
Y llegamos a la portería. Aquí no tengo ninguna duda. Yo sí cambiaría al portero en Huesca. Y creo que el entrenador también lo va a hacer. Andrada ya ha tenido demasiadas oportunidades, demasiadas dudas, demasiados partidos dejando una sensación de inseguridad que contamina a toda la defensa. En un partido así no necesitas un portero fino en la salida o elegante con el pie. Necesitas uno que transmita tranquilidad, que no ponga nerviosos a sus centrales y que convierta cada acción en algo simple. Adrián merece esa oportunidad. Y, además, da la sensación de que él mismo ya está levantando la mano para pedirla.
A estas alturas, ya no hay soluciones perfectas. Solo decisiones urgentes. El Zaragoza sigue vivo, sí. Pero vive de prestado, de la miseria ajena y de una categoría que parece empeñada en que nadie se salve con dignidad. Por eso Huesca no es una final más. Es la prueba definitiva de si este equipo quiere dejar de vivir del milagro o si ya se ha resignado a arrastrarse hasta el final.






