Inicio Real Zaragoza El Zaragoza no puede permitirse más egos ni más incendios internos

El Zaragoza no puede permitirse más egos ni más incendios internos

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Hay momentos en una temporada en los que ya no importa caer bien, ni proteger sensibilidades, ni envolverlo todo en algodones. El Real Zaragoza está en uno de esos momentos. Lo que está en juego es demasiado serio como para seguir tratando ciertos comportamientos como si fueran anécdotas de vestuario. No lo son. Son síntomas de un equipo enfermo, frágil y demasiado acostumbrado a convivir con lo inadmisible.

Lo ocurrido con los cambios ante el Ceuta me parece gravísimo, no por el cambio en sí, que además era necesario, sino por lo que revela. Si un futbolista no está para jugar, no puede decirle al entrenador que está “al 200%”. Eso no es compromiso. Eso no es profesionalidad. Eso es engañar al cuerpo técnico, perjudicar al equipo y alimentar un problema que ya viene de muy lejos. El Zaragoza no está para gestos de orgullo mal entendido ni para capitanes de sí mismos. Está para gente honesta, incluso cuando esa honestidad implique decir: “Míster, hoy no estoy”.

Y ahí está una de las claves de este desastre. En este equipo se ha confundido demasiadas veces el querer jugar con el poder jugar. No siempre es más profesional el que dice que sí a todo. A veces lo más responsable es apartarse, dejar sitio a otro y no arrastrar al grupo con uno mismo. Porque cuando luego el entrenador tiene que hacer un triple cambio antes del descanso, no queda retratado solo el banquillo. Queda retratado también el jugador que dijo estar perfecto y no lo estaba.

Lo de Keidi Bare es paradigmático. Se ha sobrevalorado a un futbolista simplemente porque el nivel general del centro del campo es pobrísimo. Se le ha convertido en imprescindible no porque sea extraordinario, sino porque la competencia es peor o no existe. Ese es el drama. Que un jugador que no enlaza continuidad física, que vive siempre al borde del siguiente parón y que vuelve una y otra vez en condiciones precarias, siga siendo una pieza capital dice mucho más del Zaragoza que del propio Keidi. El problema no es solo él. El problema es la estructura que le rodea.

Y luego está el caso de Hugo Pinilla, que me preocupa mucho más. Porque aquí sí veo un error grave de gestión. Se está cargando de responsabilidad a un chico que todavía no está preparado para sostenerla siempre. No se le puede pedir a un futbolista tan joven que salve al equipo cada semana, que sea titularísimo permanente y que, además, absorba toda la tensión de un club que se juega la vida. Eso ya se hizo con otros y salió mal. Muy mal. A los jóvenes hay que cuidarlos, no lanzarlos al fuego para después mirarles con cara de decepción cuando se queman.

Las lágrimas de Pinilla sí las entiendo. Porque ahí hay dolor, conciencia, impotencia y seguramente hasta vergüenza deportiva. Lo que no entiendo es la naturalidad con la que otros se marchan del campo, protestan, desautorizan cambios o generan ruido cuando el equipo está al borde del abismo. Si hay incendio, no lo puede provocar uno de los tuyos. Y si lo provoca, alguien tiene que apagarlo rápido y de raíz.

A estas alturas, el vestuario me importa poco como espacio de convivencia amable. Me importa como espacio competitivo. Como si se llevan fatal. Como si se discuten. Como si se pegan. Pero cuando llega el partido, todos en una dirección. Todos a muerte. Todos sabiendo lo que se juega el escudo. Porque el Zaragoza ya no está para equilibrios emocionales delicados. Está para una revolución, aunque llegue tarde. Y al que no le guste, puerta.