Lo más duro de este final de temporada no es solo que el Zaragoza esté en descenso o al borde del abismo. Lo más duro es comprobar que la salvación está barata, al alcance, casi suplicando ser agarrada… y aun así el equipo no es capaz de aprovecharlo.
Ese es el verdadero drama.
Porque si los rivales estuvieran disparados, si Cádiz, Valladolid, Real Sociedad B o quien toque estuvieran sumando de tres en tres, uno podría asumir que no da. Que no llega. Que el tren se fue. Pero no. Lo terrible es justo lo contrario: que todos tropiezan, que todos se dejan puntos, que todos abren la puerta… y el Zaragoza sigue empeñado en no cruzarla.
Eso es lo que desespera y lo que avergüenza.
Estamos ante una permanencia que, en una temporada normal, ya habría volado hace semanas. Y, sin embargo, aquí sigue, flotando, esperando a que alguno tenga un mínimo de dignidad competitiva para agarrarla. Pero el Zaragoza ni siquiera está siendo capaz de eso. Encadena malos partidos, desconexiones absurdas, errores infantiles y una incapacidad alarmante para rematar lo que tiene en la mano. Le pasó ante el Mirandés, le pasó en Córdoba y le volvió a pasar contra el Ceuta, con uno más y ganando en el minuto 88. Es una colección de disparos en el pie.
Y claro, llega un momento en que ya no vale con hablar de mala suerte, ansiedad o exceso de responsabilidad. Aquí hay también falta de nivel, falta de cabeza y, en demasiados casos, una sospechosa ausencia de carácter. Porque un equipo que de verdad cree que se va a salvar no juega así estos partidos. No concede así. No se cae así. No transmite esa fragilidad cada vez que la situación exige un paso al frente.
Lo más inquietante es que ya no da ni para el enfado clásico. Empieza a instalarse algo peor: la resignación de pensar que si al final bajas, casi te lo has ganado. Porque no se puede pedir más ayuda al contexto. El Cádiz hace méritos gigantescos para caer. El Valladolid tampoco despega. Otros se dejan puntos por todas partes. Y aun así sigues sin salir. Eso no es una maldición. Eso es incompetencia competitiva.
Quedan jornadas, sí. Los números siguen ahí, también. Pero ya no basta con mirar la tabla. Hay que mirar a la cara al equipo y preguntarse si de verdad parece uno preparado para salvarse. Y la respuesta, hoy, duele mucho: parece más preparado para arrastrar el escudo hasta el final que para rescatarlo.
La salvación sigue posible. Pero sería imperdonable no aprovechar una oportunidad tan obscenamente regalada.






