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Vergüenza en El Alcoraz (1-0)

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Hay derrotas que duelen. Y hay derrotas que avergüenzan. Lo de El Alcoraz pertenece a la segunda categoría. El Real Zaragoza cayó 1-0 ante la SD Huesca, sí, pero el problema no fue solo el resultado. Lo verdaderamente insoportable fue todo lo que rodeó al partido: un arbitraje desesperante, un penalti que volvió a condenar al equipo, una imagen futbolística pobre y un final barriobajero, impropio de un encuentro de esta trascendencia.

Porque esto no fue únicamente perder un derbi. Fue perder una oportunidad de oro. Fue volver a exhibir fragilidad en el peor momento. Fue confirmar que este Zaragoza, cuando la temporada le exige dar un paso al frente, acostumbra a darlo hacia atrás.

El partido arrancó de la peor manera posible, con un penalti a favor del Huesca en el minuto 4 por una acción de Yussif Saidu sobre Toni Abad. Ahí apareció Esteban Andrada para detener el lanzamiento de Óscar Sielva y evitar un desastre prematuro. Parecía una señal. Parecía que el Zaragoza había recibido una segunda vida. Pero ni siquiera eso supo aprovecharlo.

El equipo de David Navarro tuvo alguna llegada en la primera mitad. Cuenca, Dani Gómez, El Yamiq o Rober dejaron alguna acción suelta para pensar que el gol podía caer del lado blanquillo, pero todo fue a trompicones, sin continuidad, sin colmillo y sin la sensación de que el Zaragoza supiera realmente cómo gobernar un partido tan emocional. El Huesca, sin ser un vendaval, transmitía algo que el Zaragoza no tuvo casi nunca: colmillo competitivo.

La segunda parte fue todavía más cruel. Rober tuvo una buena ocasión nada más volver del descanso, pero el partido se fue espesando hasta desembocar en la jugada que lo decidió todo. En el minuto 63, el árbitro señaló penalti a favor del Huesca por una acción de Kenan Kodro sobre Jesús Álvarez. Un penalti que no era penalti y una decisión que levantó una indignación tremenda en el zaragocismo, tanto por la severidad del castigo como por el contexto general de un arbitraje que fue sacando de quicio al equipo. Esta vez Sielva no perdonó y colocó el 1-0 desde los once metros en el 65.

A partir de ahí, el Zaragoza quiso, pero no pudo. O peor: no supo. Le faltó claridad, fútbol, pausa, rebeldía bien entendida. Hubo cambios, hubo intentos, hubo centros y empuje, pero muy poca sensación real de remontada. El Huesca defendió su renta con orden y con la seguridad de quien se siente superior en lo emocional. Y eso, en un derbi por la supervivencia, ya es media victoria.

Pero el broche final fue todavía peor que la derrota. El encuentro acabó convertido en un espectáculo lamentable, con tanganas, expulsiones, revisiones del VAR y una sensación general de caos absoluto. Dani Tasende vio la roja por pelearse dando una patada a uno de los oscenses, Dani Jiménez también fue expulsado por un puñetazo a Andrada, quien también terminó viendo la segunda amarilla en un cierre de partido desquiciado por un empujón a Pulido, mientras El Yamiq también acababa amonestado en medio de un ambiente irrespirable. Un esperpento. Un cierre a la altura de un partido que dejó demasiada suciedad y muy poco fútbol.

Y esa es la palabra: vergüenza. Vergüenza por perder un duelo directo. Vergüenza por volver a quedarse corto en personalidad. Vergüenza por la imagen del final. Vergüenza por tener que hablar otra vez más del árbitro, de las tarjetas, del desorden y de la impotencia en lugar de hablar de fútbol, de carácter y de una victoria que nunca llegó.

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