Lo más grave de lo ocurrido en El Alcoraz no fue solo la derrota. Ni siquiera fue únicamente el bochorno final, con puñetazos, tanganas y una imagen impropia de un club como el Real Zaragoza. Lo verdaderamente preocupante es que todo lo sucedido retrata a la perfección el momento terminal de una entidad que ha perdido el rumbo, la identidad y casi también la esperanza.
Porque sí, Andrada cometió una acción injustificable. Merece reproche, sanción y todas las consecuencias que correspondan. Un futbolista del Real Zaragoza no puede responder así, bajo ningún concepto. Pero reducir el análisis del desastre al puñetazo es comprar el relato equivocado. Es desviar la atención del problema de fondo. Y el problema de fondo es que el Zaragoza volvió a ser perjudicado por un arbitraje escandaloso, volvió a jugar un partido pobrísimo y volvió a mostrarse como un equipo incapaz de sostenerse en un día de máxima exigencia.
El penalti señalado por Damaso Arcediano condiciona el encuentro de manera decisiva. Otra vez. Otra más. En un partido de tensión, de contactos, de disputas constantes, el criterio fue desigual y el castigo, como casi siempre, cayó del mismo lado. Ese es el gran escándalo deportivo del partido. Pero al final se hablará más de la pelea que del arbitraje, y eso también es una derrota para el Zaragoza. Porque cuando el ruido tapa la raíz del problema, el culpable verdadero se va de puntillas.
Ahora bien, sería una trampa quedarse solo ahí. El árbitro perjudicó al Zaragoza, sí. Pero el Zaragoza tampoco estuvo a la altura. De nada sirve denunciar el atropello arbitral si luego el equipo ofrece otra actuación gris, sin colmillo, sin fútbol y sin personalidad. Seis remates, dos entre palos y una sensación constante de impotencia. Ese fue el bagaje ofensivo de un equipo que se jugaba media vida. Y eso ya no se explica únicamente por un colegiado malo. Eso se explica por una plantilla limitada, desequilibrada y mal construida.
Aquí es donde conviene dejar de mirar solo al césped y empezar a mirar a los despachos. Porque el gran origen de esta catástrofe no está en un penalti, ni en un puñetazo, ni siquiera en una mala tarde en Huesca. El gran origen está en la planificación. En los contratos de un año. En los fichajes sin proyecto. En la ausencia total de identidad. En haber llenado el vestuario de jugadores de paso, de futbolistas que no sienten el club, ni la ciudad, ni el peso de la camiseta. Ese fue el pecado original. Y ahora llegan las consecuencias.
Lo más duro de asumir es que el Zaragoza ya no transmite ni siquiera convicción. Puede haber fe, puede haber voluntad, puede haber discursos encendidos, pero no hay credibilidad futbolística. No da la sensación de que esta plantilla crea de verdad en la salvación. Y eso se nota. Se nota en cómo gestiona la presión. Se nota en cómo se cae en cuanto ve cerca el objetivo. Se nota en cómo cada oportunidad de oro termina convertida en otro tropiezo. La historia reciente del Zaragoza es esa: cuando puede engancharse, falla; cuando puede salir, se encierra; cuando tiene que dar el paso, retrocede.
Por eso el problema ya no es solo numérico. Claro que las cuentas todavía dan. Pero también daban hace unas semanas, y aquí seguimos, agarrados a resultados ajenos, esperando milagros de rivales tan malos como uno mismo. Esa es la miseria real del momento: depender de equipos igual de derruidos para seguir respirando. El Zaragoza no está vivo por mérito propio. Está vivo porque otros también se empeñan en no cerrar su permanencia.
Y en medio de todo, la propiedad vuelve a esconderse. Ese quizá sea el mayor insulto al zaragocismo. Se ha usado la llegada de gente de la casa, de zaragocistas de verdad, como un escudo emocional para tapar la responsabilidad de quienes han llevado al club hasta este abismo. Antes fue Víctor. Ahora han sido Lalo, Fran, David Navarro y Néstor. Pero el fondo no cambia: los de arriba siguen sin dar explicaciones, mientras otros se comen el desgaste y la cara pública del desastre.
El Zaragoza ha perdido demasiado en muy poco tiempo. Ha perdido puntos, ha perdido crédito, ha perdido autoridad y ha perdido el respeto competitivo que imponía antes su escudo. Y lo peor es que empieza a perder también algo más peligroso: la capacidad de distinguir entre un accidente y una decadencia. Esto ya no son tropiezos sueltos. Esto es una caída estructural.
A día de hoy, el Zaragoza sigue teniendo opciones. Sería absurdo negarlo. Pero también sería ingenuo disfrazar la realidad. Hoy, por juego, por sensaciones y por fiabilidad, este equipo tiene más cara de descenso que de salvación. Esa es la verdad incómoda. Y cuanto antes se asuma, mejor. Porque ya no valen relatos, ni excusas, ni sentimentalismo. Ya solo vale competir con alma, con fútbol y con una rabia que hasta ahora ha aparecido demasiado poco y demasiado tarde.
El duelo aragonés de El Alcoraz dejó una imagen vergonzosa. Pero la mayor vergüenza no fue la pelea del final. La mayor vergüenza es que un club como el Real Zaragoza haya llegado a este punto.



